martes, 17 de noviembre de 2009

Mont Saint Michel: La ruta de la Bahia

El Mont Saint Michel, en el límite entre Normandía y Bretaña, es un lugar especial, centro de peregrinaciones religiosas desde la edad media (y quizás antes) y hoy en día centro de 'peregrinaciones' turísticas algo más que masivas (casi ad nauseam).


Llegar en coche, como lo hacen miles de personas al día, era demasiado fácil y con un poco de búsqueda en la red encontré posibilidades de llegar atravesando la Bahía, aprovechando la marea baja para atravesar los arenales. Sólo había un problema en el que varias informaciones coincidían: la marea baja dejaba al descubierto algunas zonas de arenas movedizas. Lo primero que me vino fue una sonrisa de incredulidad: uno se las imagina en medio de la selva, en lugares remotos, y no en la dulce y europea Francia. Con sonrisa o sin ella la recomendación general era no aventurarse en los arenales sin conocerlos y sin tener buena información sobre las mareas.

La siguiente foto muestra el Mont Saint Michel desde el lado de la bahía desde donde iniciamos la ruta, pero en marea alta. Por toda esa zona de agua es por donde debíamos atravesar la bahía.


Más por las mareas que por las presuntas arenas movedizas, decidí que hiciéramos una travesía guiada. La decisión fue acertada, y el coste era realmente económico. Además teníamos la opción de hacer la ruta sólo de ida (regresando en bus) o de ida y vuelta por los arenales.

La salida es del Bec d'Andaine, un lugarcillo a las afueras de la pequeña localidad de Genets. Tras dejar a algunos bañistas despistados en la playa (aunque el mar estaba a kilómetros de distancia por la bajamar), la ruta comienza a atravesar arenales, primero bastante secos, pero poco a poco la arena se va poniendo más húmeda y va pasando de arena a limo, o más bien a una cosa mixta entre arena y limo.




Tal como la ruta no tiene mucho misterio: se trata de seguir al guía. Y el hombre no va en línea recta. Frente a una distancia directa de 5 km, la ruta tiene unos 7,5 km. Primero se dirige hacia Tombelaine, un islote (en marea alta) más grande de lo que parece desde el Mont Saint Michel. Tendrá unos treinta o cuarenta metros de alto, está cubierto de monte bajo y es refugio de aves marinas. Antes de llegar se atraviesa un río, no muy profundo pero con una fuerte corriente, y varios arroyos menores.


Desde Tombelaine, la ruta se dirige más hacia el sur de lo que sería la línea directa hacia Saint Michel, trazando una amplia curva que poco a poco se va orientando hacia el objetivo.

Aproximadamente hacia la mitad de ese tramo, encontramos las famosas arenas movedizas. ¡Era verdad!. No son exactamente como en las pelis, pero... ¡que te hundes, te hundes!. Son un fenómeno muy curioso, no se si llamarle espectacular. Si pisas rápido y cambias los pies de sitio rápidamente (como saltando o bailando), el pie no se hunde y puedes pasar sobre ellas sin problema. Si te paras comienzas a hundirte, y si una vez has comenzado a hundirte te mueves te hundes más. La verdad es que sabiendo como actuar eran hasta divertidas. Al saltar o correr sobre ellas era como pisar sobre un lona que debajo tuviera agua. Al final hasta buscábamos las zonas de arenas movedizas (que tiene un brillo especial) para disfrutar de esa sensación.

Poco a poco nos vamos acercando a Saint Michel. Por el camino vemos pescadores que aprovechan los cursos de agua de la marea descendente, dedicados a recoger gambas (o Dios sabe qué) con unas grandes nasas.


La parte mas pringosa de la ruta son los últimos metros, donde la arena-limo se convierte francamente en limo adhesivo, pero con eso y con todo llegar a los pies de las murallas de Saint Michel, hace pensar en lo que sentirían los peregrinos medievales, cuando el problema no era dónde aparcar al llegar, sino llegar.