lunes, 18 de mayo de 2015

Por la vía verde Barracas-Jérica

El tren minero de Ojos Negros a Sagunto, transportaba mineral de hierro desde las minas de Ojos Negros hasta los altos hornos de Sagunto. Estuvo funcionando desde 1907 hasta 1973, en que el transporte pasó a realizarse por RENFE, situación que duró hasta el cierre de las minas y el desmantelamiento del los altos hornos (snif) en los años 80.

La infraestructura quedó abandonada unos años, pero por suerte una buena parte de ella ha sido recuperada y convertida en vía verde, es decir en una ruta para ciclistas y caminantes.

Hay una parte de esa vía verde que tiene una características bastante especial, y es que se trata de un largo tramo, de casi 25 km, que es completamente en descenso (como se ve en el perfil adjunto). Se trata del tramo que va desde alto de Barracas, donde el llano en que se ubica esta localidad se asoma hacia el Mediterráneo, hasta la localidad de Jérica. Seguramente la zona de bajada se prolonga algo más, pero este es el tramo más evidente.


Esa circunstancia lo hace especialmente adecuado para excursiones familiares, con ciclistas poco avezados, de los que tienen la sensación de que por un extraño misterio cuando uno da una vuelta en bici, está en subida tanto la ida como la vuelta. Aquí ni estos se van a quejar.


Comenzamos la ruta en la antigua estación de Barracas, y desde allí tomamos la vía verde, más o menos asfaltada y en buen estado, en dirección Este. Al principio la vía va descendiendo suavemente, el pedaleo es cómodo y vamos atravesando el llano de Barracas en dirección a los aerogeneradores que se sitúan al final del llano, en la parte alte de lo que en tiempos fue el puerto del Ragudo.




La ruta abandona el trazado de la vía férrea minera, pasa por debajo de la vía de RENFE y traza unas suaves curvas subiendo hasta el cambio de vertiente. Hasta aquí la vegetación ha sido la típica del páramo, pero en cuanto comenzamos a descender cambia al bosque de pinos mediterráneo, con mucho monte bajo de plantas aromáticas y muchas aliagas.

 Poco antes del alto, retomamos en trazado del vía minera que ya no abandonaremos en el resto del camino. Comienza aquí la larga bajada, paraiso de ciclistas poco motivados y en la que la mayor preocupación es no darse un castañazo por exceso de velocidad. La verdad es que hay algún rellano más plano e incluso alguna subidita (en diminutivo) de unos pocos metros.



Nosotros tenemos la costumbre de parar a almorzar en las ruinas de la estación de Torás, que está poco después de comenzar la bajada. Para un grupo pequeño está bien, hay una mesa con bancos y sombras. Para tropocientos como solemos ser nosotros... bueno, hay sombras. A lo largo de la ruta hay varios sitios, algunos aprovechando antiguas casetas de mantenimiento del ferrocarril, en los que se ha colocado pequeñas áreas de descanso: mesas con bancos, aparca-bicis y sombra.


Continuando la bajada, vamos recorriendo la ladera con una pendiente bastante homogénea. La vía minera cruza un barranco por un terraplén, junto al puente de la vía de RENFE, que va casi todo el rato en paralelo apenas a unos metros de nosotros. 


En la parte derecha de la vía, dominando el valle están los restos del un nido de ametralladora o puesto de observación de la guerra civil, testimonio de los durísimos combates que hubo en esta zona a comienzos de julio de 1938.


Cruzamos después los dos primeros túneles que nos encontramos en la ruta. Cuentan con iluminación eléctrica, sólo hay que darle al pulsados que hay junto a la entrada. De todos modos es necesario llevar luz propia, nunca se sabe qué tan bien va a estar la iluminación del túnel, y en todo caso el contrate con la extrema luminosidad de fuera hace que toda luz sea poca.

Pasa después la vía cerca de las curvas de antigua carretera del Ragudo, que podemos ver a nuestra izquierda, un poco más altas que nosotros. A ratos vamos metidos en la trinchera del ferrocarril, a ratos sobre un terraplén que nos permite gozar de una vistas excelentes del valle, hasta Viver y Caudiel. Hacia el Oeste, la mole del pico de Peñaescabia es claramente visible, marcando el cauce del río Palancia.

La ruta va trazando una amplia curva hacia Caudiel. Cruzamos el viaducto de la Fuensanta por un puente gemelo al de RENFE y tras atravesar uno de los túneles más largos, llegamos a esta población en la que entramos justo a la plaza de la fuente, la primera y única que hay en toda la ruta. En realidad aquí ya estamos casi acabando, pues nos quedan sólo unos siete km hasta Jérica.

(Foto: Toni Guillot)

Tras refrescar y recargar agua (en verano este puede ser un tema relevante), seguimos por la vía verde, cada vez más metidos entre campos cultivados. Si en las zonas altas eran trigos y después almendros y frutales, aquí ya van apareciendo de cuando en cuando algunas pequeñas huertas.




La llegada a Jérica viene marcada por la práctica desaparición del trazado de la vía férrea, invadida por las casas y el ensanche de la carretera nacional. De todos modos el camino está indicado. Nosotros aquí abandonamos ya la vía verde, y bajamos por las calles de la población hasta la Fuente de Randurías, junto al río Palancia, un paraje con agua, sombras frescas y un restaurante donde reponer fuerzas.

Aquí está el track de la ruta: viaverde_Barracas_Jérica


domingo, 3 de mayo de 2015

El Castillo de Xivert

La ruta que recorre la costa mediterránea valenciana ha sido básicamente la misma al menos desde los tiempos de la Vía Augusta romana. En su camino hacia el norte, al alcanzar la zona de Alcossebre, se aparta un poco de la costa para bordear la Sierra de Irta por el interior, aprovechando el valle que enlaza la zona de Alcossebre, al sur, con la de Peñíscola, al norte de la sierra. Así lo hacía la mencionada Vía Augusta y así lo siguen haciendo la carretera nacional 340, la autopista A7 y la vía del ferrocarril.


En ese valle se asienta hoy en día la población de Alcala de Xivert. Sobre la sierra, en ambos extremos norte y sur del valle, se alzan dos castillos vigilando el paso. El de la parte sur, situado cerca de Alcalá, es el castillo de Xivert.

El castillo hoy visible es de origen árabe, aunque en el interior se han encontrado restos más antiguos. Como es frecuente observar, los lugares estratégicos lo han sido siempre, y los poblados, fortalezas y castillos se superponen.

Se trata de un conjunto muy interesante formado por un doble recinto amurallado, el interior con dos espectaculares torres de planta circular, que tiene anexo un despoblado morisco, que también estuvo protegido por una muralla.


Para acceder al conjunto la cosa es muy fácil. Desde al población hay que ir a la Ermita del Calvari. El camino sigue señalizado, es transitable fácilmente en coche y va escalando la rama sur oeste de la Serra de Irta hasta una replaza que sirve de aparcamiento en el collado anterior al castillo. Así pues poco andar, aunque también se puede subir por un sendero que desde Alcalá se dirige al castillo (camino de Xivert) directo por la ladera.




Desde dónde se dejan los coches apenas 500 metros no separan del castillo. Si desde el valle se veía atractivo, desde cerca lo es más. La primera muralla que vemos, el recinto exterior, es de tapial árabe y mampostería de los siglos X al XI.





En el centro de un lienzo de muralla de tapial con imitación de sillares, hay una inscripción árabe en caracteres cúficos, que dice (parece ser) Al Fathi Allah (la victoria sólo la da Dios). Resulta llamativo que a pesar de haber sido fortaleza cristiana durante varios siglos tras la reconquista, no se hubiera eliminado ese texto. Tal vez la explicación de este hecho esté en quién fue el propietario cristiano del castillo: la orden del Temple. En efecto, tras la reconquista, el rey Jaime I lo entregó a los caballeros templarios cumpliendo una promesa de su abuelo. Los templarios, nacidos en Palestina y acostumbrados como organización a convivir con los musulmanes, seguramente no tuvieron reparo en mantener esa proclama (que salvo el matiz de que se dirija al Dios de los musulmanes o de los cristianos, ambos darían por verdadera).



Superado el recito exterior, nos encontramos con las dos poderosas torres construidas por los templarios para reforzar el recito interior en el siglo XIII. Se accede a este recinto por una entrada acodada, bastante reconstruida, que nos lleva a la plaza de armas del castillo. Frente a nosotros, a la derecha, lo que sin duda fue la capilla del castillo, con una piedra rectangular indicando dónde estuvo el altar. Sólo la planta es visible, pero perfectamente reconocible, con su ábside semicircular. Sobre ella, las torres citadas, y adosados al resto de los muros los restos de otras dependencias, algunas restauradas recientemente.


El pozo de un aljibe situado junto a la entrada, completa el recinto. Desde la escalera metálica que da acceso a una de las torres, se tiene una imagen de conjunto muy buena de lo que fue esa plaza de armas.


Un estrecho camino de ronda contornea por fuera el recinto interior, permitiéndonos nuevas vistas de las torres y del conjunto.


Mirando hacia abajo desde la muralla, se ve en primer lugar lo que fue el poblado morisco o aljama, anexo al castillo. Estuvo habitado hasta la expulsión de los moriscos, y aunque parece que después se repobló, fue abandonado en pocos años. Hoy se ha reconstruido alguna de las casas y se reconoce hasta cierto punto la trama urbana.


Mas abajo, en el valle, vemos la población del Alcalá de Xivert, que debe su nombre a este castillo. Por el valle, como decíamos vía de comunicación desde tiempos inmemoriales, pasan la carretera nacional, la autopista y la vía del ferrocarril, vigiladas por el castillo de Xivert desde hace más de mil años.