sábado, 23 de julio de 2011

Cueva de Cerdaña, ayer y hoy

Este artículo es un poco rarito, lo reconozco. En lugar contar una excursión mía, voy a hablar de la hizo hace casi cien años D. Carlos Sarthou, y que publicó en la revista la Esfera. Por supuesto colocaré alguna foto mía y actual, pero la estrella en este caso es este documento histórico de la espeleología valenciana.

La revista ilustrada La Esfera se publicó en Madrid, desde 1914 hasta 1931, siendo la casa editorial “Prensa Gráfica”. La revista tenía un aire modernista, y ocupó un lugar destacado entre las publicaciones de la época, como la “Ilustración Española y Americana”, “Blanco y Negro” y “Nuevo Mundo”. 

Portada de la Esfera, año 1914.

La Esfera era una publicación semanal con un componente gráfico muy fuerte, y para el tratamiento de los distintos temas, tanto de actualidad como de carácter cultural, contó con autores y personajes relevantes en los diferentes campos.

Uno de esos autores fue el castellonense D. Carlos Sarthou Carreres (Villarreal 1876, Játiva 1971). Sarthou fue un hombre ilustrado, en el sentido de su interés por su tierra, su cultura y su tiempo. Fue pionero de la fotografía documental, que fue elemento esencial de muchas de sus obras. Fue también precursor de la espeleología valenciana, no solo por su interés por el tema y sus visitas a cuevas de la región, sino también por su trabajo de publicación y divulgación del mundo subterráneo, en especial de la provincia de Castellón.


Entre sus obras están "Viaje por los santuarios de la provincia de Castellón" (1909),  "Impresiones de mi tierra" (1910), "Castillos de España" (1932) y "Catedrales de España" (1946). Especial mención requiere su colaboración como autor del volumen dedicado a la Provincia de Castellón, en la Geografía General de Reino de Valencia, de Francisco Carreras Candi (1913).


Si en toda esta monumental obra el interés por el mundo subterráneo se muestra en numerosas reseñas y comentarios sobre cavidades de la región, es Sarthou quien, en el volumen de Castellón, le dedica un capítulo completo. En ese capítulo, titulado “Espeleología”, Sarthou hace un recorrido por las cuevas de la provincia de Castellón, incluyendo incluso la topografía de alguna cavidad, como la de la Cueva de las Maravillas, de Castellón.


Sin embargo estas notas no tratan sobre esa obra, bastante conocida y desde luego muy valorada por quienes la conocen, sino de algo absolutamente menor, como es una contribución suya en el semanario La Esfera, del que arriba se habló.


En efecto, en el número 227 del año 1918, publica Sarthou el relato de una visita a la Cueva de Cerdaña. Relata el camino desde Caudiel hasta la cueva a lomo de caballerías, alguna historia de la zona y después hace una descripción con detalle de la cavidad. Incluso describe la sala inferior, no por todos conocida y no siempre accesible.


Llama la atención el comentario que hace sobre la longitud de la cueva, propio de una persona culta y conocedora del mundo subterráneo como era D. Carlos Sarthou. Dice al respecto: “Se cuenta de esta gruta que no tiene fin o, por lo menos, que está á muchos kilómetros de profundidad. Lo primero lo inventó la ignorancia; lo segundo, el miedo. Esta cueva, como todas, tiene su fin, y no lejos de la entrada. Lo que ocurre y engaña al inexperto visitante es que medio kilómetro de marcha subterránea, salvando los continuos obstáculos que se oponen al paso, cuesta, á veces, muchas horas de avanzar, haciendo equivocar todo cálculo”.


Complementan el relato unas fotografías del propio autor, que como ya se ha dicho era un gran fotógrafo documental.


Se incluye a continuación la transcripción del artículo (se ha respetado la grafía de la revista, aunque algunas palabras no se escriban hoy en día del mismo modo).

LA CUEVA DE CERDAÑA
LA ESFERA, en un número del pasado año 1917, dio á conocer á los lectores las maravillas inenarrables de las grutas de Artá, lo más notable de la espeleología  patria  y de lo más célebre del mundo.
Pero sin salir de la Península, y sin necesidad de traspasar el mar latino, puede visitarse, en Levante, otra oquedad, que, sin atesorar las galas naturales de los antros mallorquinos, es también gigantesca y maravillosa cueva. Nos referimos á la renombrada Cueva de Cerdaña, la mayor de las que se ocultan entre las rugosidades del laberinto montañoso que se eleva por el sudoeste de la provincia de Castellón.
Apeado el turista en la estación que el ferrocarril central de Aragón tiene en Caudiel, ha de tomar cabalgadura para ascender á la solitaria montaña de Cerdaña, que confina con los términos de Pina y de Montán.
A la hora y media de marcha por camino de herradura, cambia de aspecto el paisaje, desapareciendo los viñedos, olivares y bancales de verde sembradura. Y se emprende la ascensión lenta á la inculta Sierra, pedregosa y árida, cubierta, ora de maleza y punzantes aliagas, ora de olorosos romeros y manzanillas floridas. A lo lejos se ve descollar el picacho elevadísimo del Peñagolosa, dominando todas las cordilleras de la región valenciana—y que en invierno se cubre con un sudario de albura—. Al llegar á la cumbre del primer estribo montañoso, muéstrase al paso del caminante el arruinado y trágico corral de «las siete muertes». Los guías suelen referir la historia del atroz asesinato cometido en el solitario rincón. En aciaga noche, un matrimonio y sus cinco hijos sucumbieron bajo el cuchillo criminal de unos desalmados para satisfacer una venganza de familia.  Saltando una tapia, pudo huir el padre, aprovechando la obscuridad, ocultándose bajo las zarzas del barranco; mas los ladridos de un can le descubrieron, y fue apuñalado. El relato, á la vista del lugar solitario de la ocurrencia, resulta espeluznante. Pero apartemos de allí los ojos y elevémoslos á la cumbre para ver en una cortadura del monte la entrada de la cueva.       
Al salir del macabro barranco, en cuyo fondo se perdió todo rastro de camino, hay que emprender una tortuosa senda de difícil acceso para las caballerías, por lo quebrada y pendiente, y que, entre malezas y roquizales, serpentea las cuestas de las orográficas cresterías de dientes de rodeno. Impone ver trepar á los cuadrúpedos, á peligro de despeñarse rodando á un abismo al menor tropiezo. Los jinetes más prudentes se apean, conduciéndolos de las riendas. Un último esfuerzo, y se llega al término de la excursión.
Al asomarse por la ancha boca de entrada, que amenaza tragarse al atrevido explorador, la impresión es de sorpresa ante la fantástica oquedad. Una anchurosa claraboya, tragaluz ó ventanal que, naturalmente, se abre en el monte junto á la bóveda rocosa de la cueva, alumbra en su interior gigantescas estalactitas y estalacmitas de muchos metros de elevación, remedando caprichosas columnas góticas y churrigueras que unen el desnivelado piso con la alta y majestuosa peña de la techumbre. ¿A qué comparar la cueva? ¿A una rústica catedral, ó á una visión dantesca? Esparcidos los hombres por entre el laberinto de columnas, semejan figuritas animadas de fantástico juguete. Es, en fin, aquello un maravilloso capricho del Supremo Artista.
Los pequeños detalles que obraban al alcance del hombre aparecen destrozados por los turistas que no renunciaron á llevarse un recuerdo de su visita.
La humedad es grande en el recinto. De lo alto se desprende el agua filtrada gota á gota, ¡y gota á gola se fueron agrandando esas magníficas estalactitas con lenta petrificación, á fuerza de sumar siglo sobre siglo y más siglos!... Obra, encarnación de la constancia, que nos da idea de la inmensidad del tiempo, al igual que las estrellas celestes la dan de la inmensidad del espacio.
Traspuesto el grandioso atrio de entrada, semejante á una artística escenografía de grande ópera, hay que rebuscar en el fondo el paso á otros departamentos. A mano derecha, en una rinconada honda y obscura, aparece en el suelo un orificio de un metro escaso de diámetro y de mojadas paredes, el cual, casi perpendicularmente y en forma de escalera de caracol sin peldaños, comunica con un subterráneo de la gruta. Para descender al fondo es forzoso atarse con cuerdas y proveerse de luz artificial. Después de haber sufrido no pocas incomodidades y peligros, puede admirarse otra caverna de menores proporciones y semejante factura que la anterior, y cuyo resbaladizo y oblicuo piso ofrece el peligro de resbalar á un fondo desconocido.
También existe, en la parte alta, otra cavidad que nace en la grieta de un desprendimiento de las peñas, y cuya boca de entrada, en forma de pozo, aparece algo obstruida, por los arrastres de las filtraciones y derrumbes. Su fondo ó término es incalculable con sondeos y luces de magnesio.
Se cuenta de esta gruta que no tiene fin o, por lo menos, que está á muchos kilómetros de profundidad. Lo primero lo inventó la ignorancia; lo segundo, el miedo. Esta cueva, como todas, tiene su fin, y no lejos de la entrada. Lo que ocurre y engaña al inexperto visitante es que medio kilómetro de marcha subterránea, salvando los continuos obstáculos que se oponen al paso, cuesta, á veces, muchas horas de avanzar, haciendo equivocar todo cálculo.
Después de impresionar—con fogonazos de magnesio—unos clichés fotográficos para LA ESFERA, salí á respirar el «plein air» de la montaña, aromatizado de tomillo y de romero; y, salvado el mal camino del descenso, ya en el barranco de las siete muertes, montado en el manso rucio, apunto en mi cartera estas impresiones, mientras el sol poniente alumbraba las rojizas cumbres dé los montes de Cerdaña, cuyos rodenos amenazan, siniestros, aplastar al viandante.
CARLOS SARTHOU CARRERES

Bueno, y aquí van algunas de las fotos tomadas hoy mismo. El acceso es hoy en día mucho más fácil de lo que D Carlos comenta, y también mucho más de lo que nosotros mismos experimentamos en nuestras primeras visitas a la cavidad, hace más de treinta años. Hoy en día media hora a penas de un camino señalizado (algún PR, seguro) nos coloca en la misma boca.

En primer lugar una de la boca, o mejor dicho de una de las dos bocas. Esta es la que no se usa para entrar, y es como una claraboya casi el techo del gran salón. La boca de acceso está diez metros a la izquierda de esta.




La segunda foto muestra la misma columna que aparece en la foto inferior derecha del artículo de La Esfera. Las siguientes muestran algunos aspectos del gran salón de entrada de la cavidad.


Hoy la niebla cubría la zona, y se introducía por las bocas de la cavidad, creando unos efectos de luz no muy frecuentes, como se ve arriba.



Por cierto, en esta cueva estuvo D. Santiago Ramón y Cajal, y en cuento pueda coloco la foto que da testimonio de esta visita.

jueves, 21 de julio de 2011

Lava y hielo

Este es el tercer y último artículo sobre unos de los viajes más aprovechados que últimamente he hecho, el de Islandia. Ya otros dos artículos, uno dedicado a los túneles de lava y otro a las cascadas, han servido, creo, para dar un poco de envidia a aquellos que aman la naturaleza pura y dura. Aquí pretendo recoger algunas de las últimas impresiones que esa lejana tierra boreal me ha causado.

Islandia se encuentra en el centro del atlántico norte, no tanto por su posición geográfica como por su situación geológica. Se encuentra sobre la dorsal centro atlántica, justo donde se separan la placa tectónica europea de la norteamericana. De hecho una mitad de la isla se encuentra en cada una de las dos placas, y la separación de ambas es visible en varios puntos del país. Es esa característica la que le da su naturaleza volcánica a la isla, y por tanto a su paisaje. La posición y el clima hacen el resto.

Esa naturaleza volcánica, que en los últimos años ha saltado de tanto en tanto a las noticias a cuenta de las erupciones de varios de sus volcanes, ha tallado un paisaje áspero y deslumbrante. Tres cosas voy a comentar: algunos pequeños y tranquilos volcanes ya extintos, unas espectaculares estructuras llamadas túmulos de lava y la ya mencionada separación de las placas europea y norteamericana.

Grandes volcanes marcan el horizonte de algunas regiones de Islandia, y desde luego no es de esos de los que voy a hablar. Son tres pequeños volcanes, dos de ellos con su cráter convertido en un lago. El primero es el de Grábrók, o mejor dicho son los de Grábrók, pues se trata de dos conos muy próximos, similares en estructura y origen, pues por lo visto están sobre una misma fisura volcánica.


El más alto, cercano a la carretera, está preparado para ser visitado. Un camino en parte acondicionado nos lleva a lo alto del volcán y nos introduce en el cráter. Las laderas son de pequeños restos de lava (creo que se llaman lapilli) y dentro del cráter hay un pequeño cono que debe ser la última zona del mismo que siguió activa. Hacia el norte está el segundo cráter, de menor altura y que desde lo alto del primer volcán dominamos perfectamente. Una de las cosas curiosas es que los dos se alzan desde una zona completamente llana, en el fondo del ancho valle.


El segundo es el cráter de Krafla Viti. Esta en un valle con abundante actividad geotermica. Tanta actividad hay que alli se ubica una de las centrales que aprovechan esa energía y que cubren una parte importante de las necesidades energéticas de Islandia. Si no fuera por eso, el valle sería algo así como el final de ninguna parte. El cráter está en la parte este de la cuenca, cuando ya se alcanza la meseta superior. Su fondo contiene un lago de un azul intenso (cuando no está congelado, claro). 


El viento que barre aquella zona, me temo que casi siempre, hace que la visita no sea de lo más confortable… pero no se va uno a poner en plan pejiguero. La nieve permanece durante todo el año en las proximidades del lago, y con frecuencia un gran nevero se hunde en las aguas del lago.

El tercero es el cráter de Kerid. Cercano a la capital, pero no por ello muy visitado, pues no es de los lugares estrella del circuito turístico. Más bien pasa casi desapercibido al margen de la carretera. Este volcan parece que es relativamente reciente, y que fue un volcán de tipo explosivo. Todo el suelo de las pareces del cono están formado por restos de lava, de tonos rojos y en algunas zonas negros. También el fondo está ocupado por un lago, y el contraste del agua con los colores del cono son bien llamativos.


Hay grandes zonas del país cubiertas por antiguas coladas de lava. Serían algo parecido a lo que en Canarias llaman “Malpaís”, nombre muy ilustrativo del aspecto que suelen tener esas tierras duras. En Islandia esos malpaíses se diferencian (para lo ojos de un observador que no sabe mucho de volcanes y similares) en un par de cosas. Primero que en Islandia las rocas estan con frecuencia cubiertas por masas de líquenes y musgos, que les dan un aspecto almohadillado, suavizando hasta cierto punto la dureza del paisaje.

El otro elemento diferencial son los túmulos de lava, que en Canarias yo no he visto, o que al menos no son tan abaundantes. Aquí en cambio llegan a ser elementos dominantes del paisaje en algunas zonas. Son estructuras redondeadas, como cúpulas, formadas por la acumulación de lava en algunas zonas de la colada. Suelen estar cuarteadas con una gran grieta central. Muchas estan casi enterradas y disimuladas por la vegetación de liquenes y musgos, pero otras son espectaculares. En concreto vimos una que era negro brillante, limpia de vegetación, … una hermosura. En su superficie se aperciaban los flujos de la lava dándole un aspecto casi atemorizante.



Por último, un breve comentario sobre un lugar que, este sí, es un gran atractivo turístico. Es el parque de Thingvellir, el lugar donde de manera más espectacular se muestra la dorsal centro-atlántica, es decir la línea de separación entre las placas tectónicas europea y norteamericana.


Una enorme grieta de cientos de metros es mostrada habitualmente como el lugar de separación de las dos placas. Sin ser del todo mentira, tampoco es del todo verdad. En realidad la separación es ancha, como de un kilómetro, formando un valle tipo rift, y existen numerosas grietas, grandes grietas, a ambos lados del valle. Paralelas a la dirección del valle, todas ellas marcan la transición entre ambas placas.

En todo caso, verdad o media verdad, la gran fisura y el lugar en su conjunto son muy interesantes e impresionantes. Creo que las fotos son suficientemente explicativas. Algunas grietas, en la parte europea del valle, están ocupadas por lagos de aguas absolutamente cristalinas, en parte porque son aguas muy frías procedentes de glaciares (de 2º a 4º todo el año, cuando no se hielan)


Había dicho que lo de Thingvellir era lo último… pero no. Aunque sólo sea para justificar el título de este artículo hay que hablar algo del hielo. Y ya puesto a ello, qué mejor que hablar de glaciares e icebergs, todo junto y en el mismo sitio.

La zona centro sur de Islandia está ocupada por el glaciar de Vatnajökul, tan grande como la provincia de Castellón. Este glaciar gigantesco se derrama hacia las zonas bajas y hacia el mar a través de varias lenguas glaciares. 



Una de ellas llega al mar en Jökulsárlón. Ante el frente de la lengua glaciar se formó una laguna hace años, en la cual flotan numerosos icebergs desprendidos del glaciar, antes de ser arrastrados hacia el mar. La laguna es muy profunda, parece ser que más de 200 metros, y en toda esa profundidad, bajo el agua, el hielo glaciar se prolonga hasta el fondo, ocupando un antiguo valle. Si no estuviera el glaciar tendríamos un hermoso fiordo como otros muchos que hay en las recortadas costas este y sur del país.


Es posible navegar entre los icebergs en unos vehículos anfibios que hay en una especie de merendero cerca de la desembocadura del lago. 


El paseo merece la pena: los colores y las formas del hielo, el ruido de los grandes bloques que se deprenden, y todo el paisaje es de los que se pueden disfrutar en pocos lugares del mundo.



Esto marca el fin de los relatos sobre Islandia. Al menos de momento, porque allí hay que regresar. Pero eso es el futuro.

viernes, 8 de julio de 2011

Cascadas de Islandia

Parece mentira lo que pueden llegar a rendir tres días. Pero claro, en un lugar donde das una patada y sale una maravilla, eso es fácil. Eso es lo que ocurre en Islandia, país poco conocido en comparación con sus merecimientos.

En el artículo anterior hablaba en primer lugar, como no podía ser de otro modo, de unas cuevas, las de Sursthellir. Toca ahora a algo que en casi todas partes, menos en Islandia, va ligado a las cuevas y a su formación: el agua.

La combinación del paisaje volcánico, a veces prácticamente un desierto rocoso, con unos ríos de caudal muy abundante resulta extraña y en algunos lugares hasta sobrecogedora.


La primera cascada que nos encontramos fue una auténtica sorpresa. De repente vimos un pequeño aparcamiento, algo de gente (poca, como en casi todos los lugares de la isla). Su nombre es Godafoss (algo así como cascada de los dioses), y la caída tendrá unos quince metros.


Varias cascadas forman una especie de semicírculo, y la más importante es la de más a la izquierda según se mira. Las fotos son muy llamativas, pero la sensación de fuerza que transmitía y la energía que daba no salen en la foto.

Tampoco sale en la foto la impresión que sentimos al llegar a la segunda cascada, Dettifoss, la de mayor caudal de Europa. Se encuentra en el Parque Nacional Jökulsárgljúfur.

Tras casi veinte kilómetros de pista de tierra, el camino se detiene en… lo que parece ser “ninguna parte”. Una zona de coladas volcánicas antiguas, casi sin vegetación y donde los relieves muestran columnatas de basalto… vamos el último lugar donde uno se imagina que va a haber una cascada. Por lo visto, hace unos 8000 años un volcán entró en erupción violentamente justo debajo del río, lo que causó poderosas explosiones por la combinación del fuego, los gases y el agua. Las montañas alrededor del río fueron devastadas, por lo que sólo quedan en la actualidad ruinas mezcladas con formaciones volcánicas (Wikipedia sabe mucho).


El camino desde la explanada de aparcamiento cruza un valle seco, limitado por pequeños cortados de columnas de basalto, remonta su flanco este, y avanza por un paisaje que parece ruinas. Un rugido (es el nombre que mejor le cuadra) comienza a dominar el ambiente, hasta que un último desnivel nos hace darnos de frente con la cascada de Detttifoss, en medio de la nube de vapor que la caída genera y del ruido de los hasta 500 metros cúbicos de agua que cada segundo se desploman en el abismo.


La cascada tiene un centenar de metros del ancho y cuarenta de caída. El valle, bastante más ancho que la cascada, es de fondo plano y a ambos lados del cañón que la caída ha formado, la terraza del antiguo valle se prolonga formando como balcones sobre el cañón.

La fotos dan una idea, pero realmente hay que estar allí para captar la fuerza enorme del lugar. Impresionante.


Desde allí se puede remontar el valle cosa de un kilómetro, hasta llegar a otra cascada, la de Selfoss. Está sobre el mismo río, y de nuevo las terrazas laterales del antiguo nivel del valle son testigos del retroceso de la cascada. Es geología en estado puro, espectacular.



Aunque tiene el mismo caudal que Dettifoss, su menor altura y la proximidad de ésta le hacen perder protagonismo y fama. En todo caso es digna de la visita y de su hermana mayor.

De regreso hacia el coche, siguiendo el valle seco que mencioné arriba, nos dimos cuenta que ese valle seco termina también en un cascada fósil, como el valle, similar en estructura a Dettifoss o Selfoss. Tras esa cascada seca el valle fósil se junta de nuevo con el cauce activo del río.


El tercer lugar que voy a comentar tiene un aspecto completamente diferente. Muy cerca de la costa, el verde es el color dominante. Las aves marinas vuelan constantemente en la zona, y anidan en los flancos de la cascada de Skógafoss.



Sus sesenta metros de alto , el abundante caudal de agua cayendo desde el acantilado, el contraste del blanco de la espuma del agua y el verde las laderas forman un conjunto muy estético.


La última de las cascadas visitadas es la de Gullfoss (la cascada dorada). Está en el sur, en el cañón de río Hvita, y en ella el agua se precipita en tres escalones. Una primera caída de unos diez metros se seguida casi de inmediato por otra de unos veinte metros. Unos metros más abajo el río se precipita en una grieta longitudinal de 32 metros de hondo en medio de una nube de vapor. 


En días soleados el arco iris cruza el valle redondeando una imagen de postal. Es el único sitio en que me he visto dentro del arco iris, rodeado por el color en medio de la nube de vapor.


La única pega de esta cascada es que está más cerca de la capital y que forma parte del circuito turístico que llaman “Golden Circle”… y por tanto hay bastante gente (en los esquemas islandeses, o sea sin exagerar).


Hay bastantes más cascadas en Islandia, y seguro que verlas ha de ser un placer. Pero tendrán que esperar a otra ocasión.