viernes, 8 de julio de 2011

Cascadas de Islandia

Parece mentira lo que pueden llegar a rendir tres días. Pero claro, en un lugar donde das una patada y sale una maravilla, eso es fácil. Eso es lo que ocurre en Islandia, país poco conocido en comparación con sus merecimientos.

En el artículo anterior hablaba en primer lugar, como no podía ser de otro modo, de unas cuevas, las de Sursthellir. Toca ahora a algo que en casi todas partes, menos en Islandia, va ligado a las cuevas y a su formación: el agua.

La combinación del paisaje volcánico, a veces prácticamente un desierto rocoso, con unos ríos de caudal muy abundante resulta extraña y en algunos lugares hasta sobrecogedora.


La primera cascada que nos encontramos fue una auténtica sorpresa. De repente vimos un pequeño aparcamiento, algo de gente (poca, como en casi todos los lugares de la isla). Su nombre es Godafoss (algo así como cascada de los dioses), y la caída tendrá unos quince metros.


Varias cascadas forman una especie de semicírculo, y la más importante es la de más a la izquierda según se mira. Las fotos son muy llamativas, pero la sensación de fuerza que transmitía y la energía que daba no salen en la foto.

Tampoco sale en la foto la impresión que sentimos al llegar a la segunda cascada, Dettifoss, la de mayor caudal de Europa. Se encuentra en el Parque Nacional Jökulsárgljúfur.

Tras casi veinte kilómetros de pista de tierra, el camino se detiene en… lo que parece ser “ninguna parte”. Una zona de coladas volcánicas antiguas, casi sin vegetación y donde los relieves muestran columnatas de basalto… vamos el último lugar donde uno se imagina que va a haber una cascada. Por lo visto, hace unos 8000 años un volcán entró en erupción violentamente justo debajo del río, lo que causó poderosas explosiones por la combinación del fuego, los gases y el agua. Las montañas alrededor del río fueron devastadas, por lo que sólo quedan en la actualidad ruinas mezcladas con formaciones volcánicas (Wikipedia sabe mucho).


El camino desde la explanada de aparcamiento cruza un valle seco, limitado por pequeños cortados de columnas de basalto, remonta su flanco este, y avanza por un paisaje que parece ruinas. Un rugido (es el nombre que mejor le cuadra) comienza a dominar el ambiente, hasta que un último desnivel nos hace darnos de frente con la cascada de Detttifoss, en medio de la nube de vapor que la caída genera y del ruido de los hasta 500 metros cúbicos de agua que cada segundo se desploman en el abismo.


La cascada tiene un centenar de metros del ancho y cuarenta de caída. El valle, bastante más ancho que la cascada, es de fondo plano y a ambos lados del cañón que la caída ha formado, la terraza del antiguo valle se prolonga formando como balcones sobre el cañón.

La fotos dan una idea, pero realmente hay que estar allí para captar la fuerza enorme del lugar. Impresionante.


Desde allí se puede remontar el valle cosa de un kilómetro, hasta llegar a otra cascada, la de Selfoss. Está sobre el mismo río, y de nuevo las terrazas laterales del antiguo nivel del valle son testigos del retroceso de la cascada. Es geología en estado puro, espectacular.



Aunque tiene el mismo caudal que Dettifoss, su menor altura y la proximidad de ésta le hacen perder protagonismo y fama. En todo caso es digna de la visita y de su hermana mayor.

De regreso hacia el coche, siguiendo el valle seco que mencioné arriba, nos dimos cuenta que ese valle seco termina también en un cascada fósil, como el valle, similar en estructura a Dettifoss o Selfoss. Tras esa cascada seca el valle fósil se junta de nuevo con el cauce activo del río.


El tercer lugar que voy a comentar tiene un aspecto completamente diferente. Muy cerca de la costa, el verde es el color dominante. Las aves marinas vuelan constantemente en la zona, y anidan en los flancos de la cascada de Skógafoss.



Sus sesenta metros de alto , el abundante caudal de agua cayendo desde el acantilado, el contraste del blanco de la espuma del agua y el verde las laderas forman un conjunto muy estético.


La última de las cascadas visitadas es la de Gullfoss (la cascada dorada). Está en el sur, en el cañón de río Hvita, y en ella el agua se precipita en tres escalones. Una primera caída de unos diez metros se seguida casi de inmediato por otra de unos veinte metros. Unos metros más abajo el río se precipita en una grieta longitudinal de 32 metros de hondo en medio de una nube de vapor. 


En días soleados el arco iris cruza el valle redondeando una imagen de postal. Es el único sitio en que me he visto dentro del arco iris, rodeado por el color en medio de la nube de vapor.


La única pega de esta cascada es que está más cerca de la capital y que forma parte del circuito turístico que llaman “Golden Circle”… y por tanto hay bastante gente (en los esquemas islandeses, o sea sin exagerar).


Hay bastantes más cascadas en Islandia, y seguro que verlas ha de ser un placer. Pero tendrán que esperar a otra ocasión.

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