lunes, 1 de septiembre de 2014

La garganta de Partnachklamm

La localidad bávara de Garmish Partenkirchen es conocida como estación de deportes de invierno y para muchos (me incluyo) sobre todo por el campeonato de saltos de esquí del día de Año Nuevo, donde ha formado un dueto clásico junto al concierto de Viena.

Pero hay otras cosas, como es lógico. Es una ciudad metida en los Alpes Bávaros, y por tanto hay mucha montaña alrededor. Justo a los pies del gran trampolín de los saltos de esquí, saliendo del estadio de los Juegos Olímpicos de Invierno de 1936 por el lado oeste, se acede a la garganta de Partnachklamm (en realidad es la garganta de Partnach, pues klamm es 'garganta' o algo similar en alemán). No se piense que la garganta empieza bajo el trampolín, lo que allí comienza es el camino que nos lleva a la garganta.



Ese camino, asfaltado pero cerrado al tráfico excepto para vecinos, puede ser recorrido a pié o en un carro de caballos, que por unos pocos euros nos da el paseo hasta cerca del arranque del estrecho. Andando es como media hora, en carro, algo menos.

El camino va saliendo de la zona suburbana, y se va metiendo por el valle, bordeado de verdes prados y bosques alpinos. Tras unos 10 minutos de camino hay una bifurcación junto a un crucero, en la que debemos tomar el camino de la izquierda.


La visita a la garganta cuesta unos 4 euros, y tiene un horario, pero fuera de ese horario la visita también se puede hacer y es gratis, eso sí cuando la taquilla está cerrada se nos avisa que lo hacemos 'bajo nuestra responsabilidad' (at your own risk).


El valle comienza a cerrarse tras las taquillas, y el camino, ya sólo transitable a pié o en bicicleta, se va convirtiendo en una cornisa tallada en la pared de la garganta. Justo antes de entrar en la parte más estrecha, un biergarten (cervecería) al más puro estilo alemán nos hace recordar algún pasaje de la novela "Tres Ingleses en Alemania", de Jerome K Jerome.

Superada la tentación de beberse una jarrita de un litro de cerveza, nos metemos en un estrecho camino, y la bienvenida es un oscuro túnel con una puerta metálica (siempre abierta).


El camino cuenta con una barandilla metálica a veces un tanto testimonial, y recorre la garganta por su margen derecha orográfica. El rugido del agua, las cascadas que caen de lo alto, el continuo goteo y la oscuridad de los varios túneles hacen que el ambiente sea un tanto duro, y más uno se pone nervioso.




Las fotos que hemos visto de la garganta en invierno dan escalofríos, pues las cascadas y en algunas hasta el propio camino, están helados, con un hielo blanquiazul que hace que el paso tenga un aspecto fantástico.

Por encima de nosotros, tal vez sesenta metros sobre el río, unos puentes cruzan el cañón, formando parte de un sendero que permite realizar un recorrido circular.




La longitud debe andar rondando el kilómetro, y al final la garganta se abre de nuevo a un verde valle, como si nada hubiera pasado y ese estrecho paso fuera sólo una broma.


Ida y vuelta, y las pausas para las fotos, puede suponer un paseo de un par de horas. El tiempo dedicado al biergarten va a parte (allí también se puede comer).