martes, 17 de noviembre de 2009

Mont Saint Michel: La ruta de la Bahia

El Mont Saint Michel, en el límite entre Normandía y Bretaña, es un lugar especial, centro de peregrinaciones religiosas desde la edad media (y quizás antes) y hoy en día centro de 'peregrinaciones' turísticas algo más que masivas (casi ad nauseam).


Llegar en coche, como lo hacen miles de personas al día, era demasiado fácil y con un poco de búsqueda en la red encontré posibilidades de llegar atravesando la Bahía, aprovechando la marea baja para atravesar los arenales. Sólo había un problema en el que varias informaciones coincidían: la marea baja dejaba al descubierto algunas zonas de arenas movedizas. Lo primero que me vino fue una sonrisa de incredulidad: uno se las imagina en medio de la selva, en lugares remotos, y no en la dulce y europea Francia. Con sonrisa o sin ella la recomendación general era no aventurarse en los arenales sin conocerlos y sin tener buena información sobre las mareas.

La siguiente foto muestra el Mont Saint Michel desde el lado de la bahía desde donde iniciamos la ruta, pero en marea alta. Por toda esa zona de agua es por donde debíamos atravesar la bahía.


Más por las mareas que por las presuntas arenas movedizas, decidí que hiciéramos una travesía guiada. La decisión fue acertada, y el coste era realmente económico. Además teníamos la opción de hacer la ruta sólo de ida (regresando en bus) o de ida y vuelta por los arenales.

La salida es del Bec d'Andaine, un lugarcillo a las afueras de la pequeña localidad de Genets. Tras dejar a algunos bañistas despistados en la playa (aunque el mar estaba a kilómetros de distancia por la bajamar), la ruta comienza a atravesar arenales, primero bastante secos, pero poco a poco la arena se va poniendo más húmeda y va pasando de arena a limo, o más bien a una cosa mixta entre arena y limo.




Tal como la ruta no tiene mucho misterio: se trata de seguir al guía. Y el hombre no va en línea recta. Frente a una distancia directa de 5 km, la ruta tiene unos 7,5 km. Primero se dirige hacia Tombelaine, un islote (en marea alta) más grande de lo que parece desde el Mont Saint Michel. Tendrá unos treinta o cuarenta metros de alto, está cubierto de monte bajo y es refugio de aves marinas. Antes de llegar se atraviesa un río, no muy profundo pero con una fuerte corriente, y varios arroyos menores.


Desde Tombelaine, la ruta se dirige más hacia el sur de lo que sería la línea directa hacia Saint Michel, trazando una amplia curva que poco a poco se va orientando hacia el objetivo.

Aproximadamente hacia la mitad de ese tramo, encontramos las famosas arenas movedizas. ¡Era verdad!. No son exactamente como en las pelis, pero... ¡que te hundes, te hundes!. Son un fenómeno muy curioso, no se si llamarle espectacular. Si pisas rápido y cambias los pies de sitio rápidamente (como saltando o bailando), el pie no se hunde y puedes pasar sobre ellas sin problema. Si te paras comienzas a hundirte, y si una vez has comenzado a hundirte te mueves te hundes más. La verdad es que sabiendo como actuar eran hasta divertidas. Al saltar o correr sobre ellas era como pisar sobre un lona que debajo tuviera agua. Al final hasta buscábamos las zonas de arenas movedizas (que tiene un brillo especial) para disfrutar de esa sensación.

Poco a poco nos vamos acercando a Saint Michel. Por el camino vemos pescadores que aprovechan los cursos de agua de la marea descendente, dedicados a recoger gambas (o Dios sabe qué) con unas grandes nasas.


La parte mas pringosa de la ruta son los últimos metros, donde la arena-limo se convierte francamente en limo adhesivo, pero con eso y con todo llegar a los pies de las murallas de Saint Michel, hace pensar en lo que sentirían los peregrinos medievales, cuando el problema no era dónde aparcar al llegar, sino llegar.

martes, 1 de septiembre de 2009

Los acantilados de Zumaia.

Realmente no se trata de una ruta, sino más bien de un destino que sirve de arranque de una ruta, pero que en sí mismo tiene un gran interés.

La costa entre Deba y Zumaia, en Guipuzcoa, está formada por unos acantilados no muy altos, pero que tienen una estructura tan especial y característica que han merecido ser catalogados como espacio protegido.

A parte de las características biológicas, de las que no me siento capacitado para hablar, a mi deslumbró su interés geológico (del que en realidad tampoco estoy capacitado para hablar, pero como me interesa más si que lo voy a hacer: maravillas del refrito).

Estos acantilados están formados por rocas de edades que van del cretácico al terciario, cubriendo un periodo de unos 60 millones de años, desde hace 110 millones de años. Son areniscas, margas y calizas principalmente con una facies flysch, y es precisamente este aspecto (o facies), el FLISH, lo que nombre a la zona, a la ruta y hasta a un negocio en Zumaia.


Esa facies flysch se caracteriza por estratos de poca potencia (espesor) de roca más dura, intercalados con otros de material débil. El resultado es como un libro en el que hay una página dura y una blanda. Cuando la erosión afecta a las capas o estratos débiles el resultado es como un hojaldre: frágil y quebradizo. Si añadimos a esa estructura que los estratos en esta zona están casi verticales, el producto de esa erosión diferencial es espectacular.

Se pueden recorrer varios tramos de la rasa de marea formada en el flysch, no creo que se pueda recorrer todo de forma continua, pues el acantilado tiene muchas irregularidades, alguna desembocadura... Lo que si que hay es una ruta, un tramo del GR-121 (sendero que recorre la periferia de la provincia de Guipuzcoa) que corresponde con este sector.


Para acceder a uno de los tramos de la rasa de marea, se sigue la calle Ardantza de Zumaia hasta que termina adentrándose en un valle que da sobre el acantilado. Unas escaleras permiten bajar a disfrutar del espectáculo de esos acantilados con forma de libro vertical. Desde el centro de Zumaia hasta la costa a penas habrá unos 20 minutos de paseo.

Mucho ojo con las mareas. Hay que asegurarse de los horarios sobre todo si pensamos caminar un rato siguiendo la costa, aprovechando la rasa de marea que queda descubierta en marea baja. Un idea sería iniciar el paseo unas dos horas antes de la marea baja, y regresar al punto de partida como mucho esas mismas dos horas después de la marea baja. Hay que tener en cuenta que no en todas partes hay vías de escape para remontar el acantilado y ponerse a salvo cuando la marea sube.

En esta dirección hay información sobre los horarios de las mareas:

http://www.enterat.com/ocio/playas-donostia-gipuzkoa-horarios-mareas-01.php

Merece la pena la excursión. Y de paso echadle un vistazo a la cantidad erizos de mar que hay en las pozas que deja la marea y a cómo se han hecho sus huecos en la roca.

jueves, 20 de agosto de 2009

El túnel de San Adrián

La montañas del norte de España tienen, para los que somos de tierras mediterráneas, el atractivo de una naturaleza completamente distinta a la de nuestra tierra, más verde, más sugerente, y en cierto modo más agradable de caminar, al no estar expuesta en el verano a los calores del sur.

Una de las rutas agradables que pueden hacerse en una mañana, es la visita al túnel de San Adrián. Este túnel forma parte de una antiquísima ruta que comunicaba las tierras costeras del País Vasco con Castilla, permitiendo el paso desde Guipuzcoa hasta la Llanada Alavesa, para desde ésta seguir hacia tierras castellanas.

La ruta estuvo en funcionamiento al menos desde el siglo X u XI, y fue ruta principal de comunicación hasta el siglo XIX. Algunas opiniones remontan su origen más atrás aún, sugiriendo que se trata de una ruta romana. Sus instalaciones de atención al viajero (hospedería, casa de aduanas) fueron destruidas por un incendio en 1932 y ya nunca fueron reconstruidas.


Parte de su relevancia se debe también a que esa ruta formaba parte de una de las variantes del Camino de Santiago. Una canción medieval de peregrinos a Santiago decía:

"Quand nous fûmes à la montée
Saint-Adrien est appelée
Il y a un hôspital fort plaisant
Oû les pèlerins qui y passent
Ont pain et vin pour leur argent".
(Chanson des Pèlerins de Saint-Jacques)

Al túnel se puede llegar desde cualquiera de las dos vertientes que comunica: la guipuzcoana o la alavesa. Aquí voy a hablar de la segunda, que es la que conozco.

El pueblo de referencia para iniciar la ruta es Zalduondo (Alava). Desde él se ha de tomar un camino asfaltado hacia el paraje de Zumarraundi. Son unos cinco km, en un estado desigual de conservación, en los que el camino va ganando altura, hasta los 920 del lugar conocido como el Sondeo de Urkilla, una gran explanada donde se dejan los vehículos.


Desde el final de la explanada, el sendero comienza a subir, esquivando dolinas y simas (la primera a la derecha es muy bonita) con una fuerte pendiente. No ofrece muchas dudas sobre el camino a seguir, pues está bastante marcado y además es “barranco arriba”.






Llega un momento en que el camino se cruza con la antigua ruta o calzada que viene desde el túnel, y que es fácil de reconocer por sus grandes piedras laterales y su maltratado firme de piedras irregulares. A partir de aquí hay que seguirlo hasta el final. Hay un punto en que es fácil despistarse, pues la calzada da una lazada hacia la derecha, muy perdida, y hay un camino que gira a la izquierda. Lo característico de este sitio es que hay un poste del camino de Santiago (creo que el segundo que nos encontramos). El poste esta a la izquierda del camino, y justo enfrente esta un senderito de unos cinco metros que nos lleva a retomar la calzada. Si nos equivocamos y tomamos la otra ruta también hay solución: debemos seguir subiendo hasta un collado en un bosque, y desde allí bajar hasta tropezar de nuevo con la calzada.

Si seguimos la calzada, a partir del poste del Camino, llegaremos en unos 15 minutos, como mucho, al Collado de la Horca, y desde él seguiremos bajando sin dejar la calzada hasta la entrada del túnel. Atravesaremos parajes muy hermosos donde las curvas de la calzada quedan enmarcadas en el bosque de hayas.


Por fin, un túmulo prehistórico a la derecha y una amplia campa a la izquierda, nos dicen que hemos llegado casi a nuestra meta. En ese momento la niebla empezaba a salvar la divisoria desde Guipuzcoa, dándole al paisaje un toque mágico adicional. A penas cinco minutos mas adelante la calzada desaparece en un valle cerrado, cuyo final es la boca alavesa del túnel. Esta boca es la menos espectacular: apenas una arcada en descenso, invisible hasta que se está casi en ella. Pero nada más entrar vemos ya la ermita de San Adrián y la otra salida del túnel, la más fotogénica.




Por dentro del túnel, de un centenar de metros más o menos, la calzada continua junto a la ermita hasta franquear la puerta que en tiempos permitía cerrar el paso y controlar (con fines aduaneros) el paso. De la construcción que aparece en la foto antigua, sólo queda el arco de la izquierda, y del resto apenas unas ruinas que ahora están siendo excavadas y que han sacado a la luz los restos de una antiguo castillo medieval que vigilaba este estratégico paso.

En total subir nos habrá costado entre una hora y cuarto o una hora y media, pero desde luego merece la pena el esfuerzo, tanto por la meta como por el camino en si mismo.

No he encontrado ningún plano del túnel, así que he hecho, de memoria y apoyándome en las fotos, el croquis que se adjunta.



En el siguiente enlace está el track para gps:  El Túnel de San Adrián

domingo, 14 de junio de 2009

POR LA HOZ SECA HASTA LA CUEVA DEL TORNERO

La cueva del Tornero (Checa, provincia de Guadalajara) es una interesante cavidad, con un gran desarrollo horizontal, galerías amplias y hasta zonas con agua. Desde luego merece una visita para cualquiera que sea aficionado a la espeleo.

La forma norma de llegar a ella es desde Checa, tomando hacia la Cuesta del Pellejero, hasta el borde del valle que forma el río de la Hoz Seca. Desde allí, se baja al valle por una senda en diagonal que nos lleva hasta gran boca de la cavidad.

Hay otras posibilidades, desde luego, y la que voy a comentar aquí merece la pena por sí sola, es una ruta que “autojustifica” y que además nos lleva a la Cueva del Tornero.

Se trata de descender por el valle de la Hoz Seca hasta encontrar la cavidad. Podemos empezar a descender desde la carretera que va desde Orea al camping Orea, cuando pasa junto al río, hay ruta señalizada para ello. Esa ruta llega hasta un puente donde una pista procedente de Checa cruza el río. Es desde aquí donde comienza el itinerario descrito ahora.


(El mapa corresponde a la esquina inferior izquierda de la Hoja 1:50000, num 540, Checa)

Para llegar a ese puente, comienzo de la ruta, se sale de Checa hacia el sur, pasando cerca de la Ermita de San Sebastian, y siguiendo la pista se pasa por el poljé de Cubillo, una zona de cultivo que es una depresión cerrada de origen cárstico. Hay un panel explicativo. Después, una pronunciada bajada nos lleva al cauce, que se cruza por un puente nuevo donde dejamos el coche.

A partir de aquí el sendero, unas veces más evidente que otras, va siguiendo el cauce, al menos en verano seco (no en balde el río tiene el nombre que tiene). Hay un refrán en la zona que dice “el Tajo lleva la fama, y la Hoz Seca el agua”. Bueno, eso será en invierno y primavera, porque en verano, nada de nada.


A poco de comenzar, en un primer estrechamiento encontramos en el mismo lecho un abrigo sombreado, que quienes hagan el camino en verano sin duda agradecerán.


La ruta sigue por el valle, sin ningún problema ni complicación más que el hecho de que en algunos momentos parece desaparecer, para reaparecer de nuevo unas decenas de metros más adelante. Algún bosquecillo alegra el camino, aunque el paisaje podríamos denominarlo entre “áspero” y “duro”. En todo caso es una hermosura. En algún momento se gana altura por la margen derecha, para salvar algún salto del cauce.


A los dos km (más o menos) de haber comenzado llega por la margen izquierda un valle amplio, por el cual un sendero sube para definir una ruta circular que regresa al puente dónde dejamos el coche. Ese camino se llama como el cerro: del estrecho del Carangosto. En el mapa está punteado en verde, por si acaso interesa.

Siguiendo por el valle principal, vamos avanzado por los meandros pronunciados que ha trazado la Hoz Seca, comprendiendo perfectamente lo acertado tanto de lo de Hoz como lo de Seca.


Llega un momento en que de repente comenzamos a encontrar agua en el valle, que forma una especie de charcas con algo de corriente, gracias a unos manantiales allí presentes. Estos manantiales están relacionados con la Cueva y la corriente de agua de su interior, y nos dan una doble alegría: nos dan agua para refrescarnos y nos dicen que estamos llegando.


Efectivamente, doblado el meandro tras los manantiales, quizás unos quince metros sobre el cauce, se ve la gran boca de la Cueva del Tornero. Una corriente de aire frío sale de ella en verano, llegando incluso a molestar ese frescor después de la caminata y el calor (hicimos la ruta en agosto).



Una visita a parte de la cueva puede ser siempre interesante, aunque lo primero que hay que hacer es arrastrarse para pasar una gatera. Ojo, por si acaso aquí está la topografía de la cueva. Cuidado con la bifurcación, es fácil tomar una galería en vez de la otra, aunque si llevamos una brújula no tendremos dudas.

El regreso se hace por el mismo camino. Consejo: llevar agua, mucha agua si es en verano. Yo no confiaría mucho en el agua del manantial para beber, y desde luego no hay otra fuente en toda la ruta. Si que hay fuentes en Checa, donde podemos cargar agua fresca y natural.

martes, 2 de junio de 2009

El Peñón de Ifach

Esto debería titularse "Por fin, el Peñón de Ifach". Y no porque haya costado mucho hacer esta excursión, sino porque ha costado mucho escribirlo.

Desde hace seis años, todas las primaveras hacemos la subida al Peñal de Ifac. Se ha convertido en una agradable tradición que marca el comienzo del buen tiempo y la proximidad de las vacaciones.

La subida al Peñón no tiene ninguna dificultad especial, y de hecho se ve a gente de toda edad y estado físico haciendo la ruta. Sin embargo, cuando el calor aprieta puede llegar a ser durilla. El desnivel es de unos trescientos metros, y pese a la verticalidad del Peñón cuando se mira desde el aparcamiento la subida esta en su mayor parte bien trazada y no resulta pesada. Un consejo general: cuidado con los resbalones, pues la roca de sendero, en el túnel y tras el túnel, está muy pulida por el paso de caminantes.


Se parte del aparcamiento (más bien solar) que hay al final de las indicaciones al Parque Natural del Penyal de Ifac, justo sobre la zona final del puerto de Calpe (el plano está tomado de bp1.blogger.com).

Desde allí se empieza subiendo por la pista que sube al Aula de Naturaleza y Museo del Parque, donde podemos cargar agua y refrescarnos (esto es valioso sobre todo al bajar, cuando llega uno tirando a quemado por el sol). Antes de alcanzar esta zona, a la izquierda de la pista se pude acceder a unos miradores sobre la playa y la costa, que merecen visitarse (aunque luego las vistas desde arriba sean, sin duda, más espectaculares).


Desde la edificaciones del Aula de Natura el sendero sube en una serie de lazadas, bien trazado y cada vez mejor acondicionado, hacia la base del impresionante acantilado. En cada extremo de lazada, sobre todo en los que miran sobre la zona del puerto, unos miradores nos van mostrando un paisaje cada vez más espectacular, con vista hacia la Serra Gelá, tras la cual se ven los edificios de Benidorm.

La última lazada del sendero nos lleva, pegados ya a la base del cantil, al túnel que permite acceder a la parte interior del Peñón. Este túnel fue abierto a barrenazos a comienzos del siglo XX (en 1918), y en algún tiempo tuvo una puerta que cerraba el acceso.


Cruzado el túnel, de unos cincuenta metros de largo, accedemos a las laderas y barrancadas de lo que fue un mundo interior, sin conexión externa hasta la construcción del túnel. Quizás eso explica la gran abundancia de especies vegetales que se han conservado y la riqueza natural de la zona (todo lo cual justificó la creación del Parc Natural).


Pero sin duda la reina de la zona es la gaviota patiamarilla. Millares de ellas habitan y crían en las laderas interiores del Peñón. En estos seis años de subidas al pico hemos visto todas la fases de la cría, pues sin salir del sendero se ven nidos en abundancia. Las veces más tempranas, por abril, hemos visto los nidos con dos o tres huevos la mayor parte de las veces. A comienzos de mayo los pollos ya nacidos permanecen en los nidos, bajo el atento (y aveces agresivo) cuidado de sus padres. Hacia el final de mayo lo pollos ya son grandes y comienzan a hacer ejercicio con las alas preparándose para un cercano vuelo. Resulta muy interesante, agradable y formativo ver esa explosión de vida que se produce cada año en el Peñón. Tiene sus inconvenientes, claro. Miles de gaviotas gritando continuamente, un cierto olor a pescado (sobre todo si no hay brisa) y las pasadas rasantes que hacen para defender sus nidos y crías cuando el caminante pasa a su juicio demasiado cerca de ellas. Los intrusos somos nosotros, así que hay que soportarlo con paciencia, no molestar más que lo imprescindible y si no nos gusta... pues no ir.

Siguiendo por el sendero tras el túnel, se cruzan algunas zonas un poco aéreas. En ellas se han instalado unas cuerdas a modo de seguridad para facilitar el paso. La senda avanza subiendo sin cesar hasta una bifurcación. Por la izquierda se sigue hasta el extremo del Peñón que avanza hacia el mar, en los restos de una caseta de carabineros (a penas un trozo de muro). Este tramo, casi horizontal y sombreado por grandes pinos resulta un buen descanso, tanto a la subida como a la bajada.

Si en la bifurcación tomamos hacia la derecha, la senda comienza a subir francamente hacia la cima. Es la parte más agreste del camino, donde la senda esté peor trazada y donde los atajos hacen que sea fácil perder la buena ruta. Un par de tramos con trepas fáciles, en los que se han instalado cuerdas fijas, nos hacen ganar altura y acercarnos rápidamente al pico.

Un centenar de metros antes de la cumbre, el camino pasa a unos pocos metros del límite del escalofriante acantilado que cae casi directamente al mar, trescientos metros más abajo.


Ya en la cima, un monolito marca la posición del vértice geodésico. Desde aquí hay que disfrutar de la vista: 360º de espectáculo de mar, costa y montaña.


Si empezamos por el norte girando a derechas, el Montgó, girando a la derecha los cabos de La Nao y de Moraira, y el mar... dicen que llegan a verse a veces las montañas de Ibiza. Cuando volvemos a encontrar la costa aparece la Isla de Benidorm y la Sierra Helada, tras ella lo edificios de Benidorm. más ala derecha Altea, la zona del Mascarat, la Sierar de Bernia, el mismo Calpe, la laguna de las Salinas, la playa de la Fossa... bueno, que uno se queda con ganas de darle otra vuelta al panorama.


Ya sólo queda bajar: Si subir puede costar una hora y media, más o menos, para bajar hay que contar otra hora. Y al llegar bajo, procede arremeter contra una cerveza helada y un buen arroz a banda, en cualquiera de los restaurantes que hay en la zona del puerto. Digno remate para una buena excursión.

domingo, 17 de mayo de 2009

Río Turia II: De Pedralba a La Pea

Todos los paseos que he puesto en estas páginas corresponden a excursiones completadas, terminadas y más o menos documentadas.

Esta vez me salgo de esa línea, y voy a hablar de una ruta a medio hacer. Y lo hago en parte por impaciencia, y en parte por obligarme a terminarla.

La ruta sigue el cauce del Turia, en el tramo que va desde Pedralba, o mejor dicho desde el puente inmediatamente anterior a Pedralba, y la antigua central hidroeléctrica de La Pea.


Por la margen izquierda hay un sendero que está referenciado por ahí en la web (en cuanto encuentre la referencia la pongo). Pero por la margen derecha no está referenciado, y me temo que ni siquiera completo. Pero esa es parte de la gracia.

Se puede salir desde la margen izquierda, nada más cruzar el puente al llegar desde Valencia. Después de seguir el río por varios caminitos que van junto al Turia, llega un momento, a la altura del Azud de la Pea, en que el camino comienza a alejarse del río. Si se rodea el cerro que nos cierra el paso se llega a tomar el camino de la margen izquierda.


En vez de eso yo bajé al río, lo vadee bajo el azud y cruce para tomar el camino de la margen derecha. Hasta ese mismo punto se puede llegar sin hacer tanto la cabra, por unos caminos rurales que van entre los chalets, y que arrancan justo antes de cruzar el puente del Turia.

Desde aquí el camino se va adentrando en el valle, primero dejando algunas tierras de cultivo y después por una zona ya francamente agreste. Justo donde terminan los cultivos hay ganar algo de altura, pues si no lo hacemos terminamos bajo un acantilado sin posibilidad de continuación. A veces nos cruzamos con el canal de La Pea. El valle va avanzando, y unos amplios meandros van trazando la ruta. Muchas veces vemos por el otro lado el camino alternativo, y no digo yo que no se deba utilizar en algún momento.

Por este lado se puede llegar hasta poco después de sobrepasar el meandro más agudo. Ahí el camino se pierde, aunque yo quiero volver a intentar encontrar el camino.

Desde la Pea, el camino avanza adentrando se en el valle, muy cómodo y llano, hasta que se convierte en un sendero. Deja a la derecha una pequeña zona de escalada con instalaciones fijas. Llegué hasta un punto que está a penas a 600 m del alcanzado por el otro extremo.


Falta sólo un empujoncito, y el camino estará completo.


El camino en conjunto es muy agradable, y parece mentira que tan cerca de Valencia, y de la amenaza de las urbanizadoras, se mantenga un tramo de unos cuantos kilómetros de río (unos 5, calculo yo) tan "virgen".

Para hacerlo, cuando esté completo, lo mejor es un coche en cada extremo, porque sino toca retroceder por el río o darse un pateo por los caminos rurales. Claro que una buena opción es volver por el otro lado del río.

Para los bocatas, el bar que hay junto al puente de Pedralba cumple sobradamente.

En el siguiente enlace está el track para gps: El Cañón Bajo del Turia

martes, 28 de abril de 2009

La Cova del Colom, de Ribarroja

En la localidad de Ribarroja, cerca de Valencia, hay rincones que uno no espera encontrar. Se trata de un pueblo grande, situado junto al río Turia (como su nombre del algún modo indica) y muy dedicado tradicionalmente a la agricultura, hoy ya con bastante industria.

El relieve de de su término es muy suave, tanto que uno no esperaría que hubiera lugar para formación de cavidades. Sin embargo hay al menos dos, que yo conozca. La primera es la sima del Aeropuerto o de los Carasoles, situada frente a las pistas del aeropuerto, en unos cerros donde hay una urbanización abandonada o inacabada. Esta sima, una diaclasa "de regulares proporciones" alcanza una profundidad considerable (si no recuerdo mal más de 40 metros).

La segunda cavidad es la Cova del Colom. Situada más al oeste que la anterior, en el cerro del Colom, frente a las Rodanas, mirando al camino a Cheste, es una cavidad interesante, aunque no muy grande. Además tiene incluso su propia leyenda, o mejor dicho sus leyendas, pues son al menos dos.

La boca, en una pequeña hondonada de la ladera W del cerro y muy cubierta por un algarrobo que crece en su interior, da paso a una galería amplia, descendente en la dirección de la ladera, que es un antiguo (muy antiguo) cauce fósil. La entrada muestra restos de barrenos, prueba de que se extrajo de ella material, probablemente confundiéndolo con mármol, cuando en realidad es una potente colada. Otras cuevas valencianas han corrido la misma suerte, ahora recuerdo la cueva de Cirat (en Montán) y la cueva del Tortero (en Tous).


La galería está obstruida a unos 40 metros de la entrada por unos grandes bloques desprendidos del techo, pasados los cuales una cortina de formaciones cierra la cavidad. Justo tras un gran bloque, en el suelo una grieta da acceso a un pocito de 7 metros y una diaclasa de unos veinte de recorrido.

La cavidad está bastante olvidada: para los espeleólogos no tiene mucho interés, y para los excursionistas es desconocida. No obstante un sendero con una vieja señalización en amarillo conduce hasta ella desde el valle. Sin embargo, y a pesar de que su fácil acceso hace que esté muy dañada, aún conserva buenas formaciones en las paredes, e incluso tiene algunos goteos activos.


La vista del valle desde la boca es muy bonita, y en primavera el olor del azahar de los naranjos resulta un auténtico placer.


¿Cuáles son las leyendas? Bueno, la primera es una historia oída de muchas cuevas, pero que en esta combina con el nombre de la cavidad: cuentan que una vez se soltó en ella un palomo (colom en valenciano) y salió por Picassent, pueblo situado a bastantes kilómetros, y al que con absoluta seguridad no llega la cueva. Pero así es la leyenda. En otras cuevas lo que se soltó fue un perro, o un gallo ... y siempre aparecía uno o dos pueblos más allá.

La segunda leyenda es más interesante, y por lo visto está hasta documentada. La recoge Sarthou, en su Geografía General del Reino de Valencia, y la reproduce el tomo I del Catálogo Espeleológico del País Valenciano. Según ella " fue objeto en el siglo XVII de una superchería que preocupó mucho a las gentes crédulas de la capital, y aún a personas sensatas. En 6 de marzo de 1621 corrió la voz en Valencia de haber penetrado con grave riesgo 4 o 5 hombres en el susodicho antro, los cuales habían visto y oído cosas muy extraordinarias: un negrazo, figuras horribles, joyas y monedas de oro y de plata, de las que ninguna pudieron extraer... y gracias que salvaron la vida merced a una invocación religiosa. La noticia de encantamiento fue después confirmada y henchida por nuevos testigos que entraron a la cueva -al efecto desencantalla con exorcismos y conjuros- entre aquellos el Retor de Benavites, que por meterse en camisa de once varas, si es verdad lo que se le atribuye, hubo de encendérselas con serpientes locuaces y doncellas culebronas. Dios sabe hasta donde hubieran llegado las habladurías, con intervención de matemáticos y astrólogos, si unos cuantos caballeros de la nobleza valenciana -los Bellvis, Sans, Sorell y otros- cansados de la burla, no hubiesen marchado secretamente a la cueva encantada con independencia de las autoridades eclesiásticas y civiles, y hubieran salido de ella publicando que todo eran embustes y chanzas de los soldados de la guardia de la Torre de Paterna, los cuales fueron inmediatamente relevados por el Virrey, y se acabó el encantamiento..."

En resumen, una buena excursión para una mañana de domingo. Y como toda buena excursión debe comenzar con un almuerzo: aquí va una imagen del surtido del bar Ribarupea, de Ribarroja: ñam ñam.

domingo, 22 de marzo de 2009

La Fuente de la Salud

Teruel existe. A veces a pesar de todo. Además de existir resulta que tiene lugares preciosos, algunos muy conocidos otros no tanto, y otros que los tenemos cerca de casa y se nos escapan.

En esta última categoría está la Fuente de la Salud, cerca de Olba, justo junto al límite de la Comunidad Valenciana.


Al pasar por la carretera que va de la autovia de Teruel hacia Olba, un par de kilómteros antes de está localidad aparece en una curva un acueducto, justo frente al arranque del camino que conduce a la aldea de Los Ramones. Un panel informativo y un pequeño lugar para aparcar no dice que es el acueducto de la Salud, y de allí arranca un corto sendero que lleva a la fuente del mismo nombre.

La fuente, pequeña y discreta, está en la margen izquierda del rio Rubielos, que aguas arriba de la fuente se encajona formando unos estrechos.


El acueducto salva el barranco por el que el río Rubielos accede al valle del Mijares, uniéndose a él a penas unos cientos de metros más abajo.

Más que del acueducto habría que hablar de los acueductos, pues son dos los que se ven desde la carretera. El más alto es el más antiguo, y está derruido en la parte central del barranco, quedando sólo un arco an la parte izquierda.


Parece que alguna riada lo destruyó a principios del siglo XX, y entonces se construyó el acueducto más bajo (en 1905), que salva el cauce con un sólo arco, para sustituir al anterior. Para mantener la funcionalidad del acueducto se construyó un sifón que comunicaba los dos lados del acueducto original, pasando por el nuevo acueducto.


La foto anterior muestra la parte aguas-abajo, estando indicado el recorrido del agua con el trazo blanco. En el lado aguas arriba la estructura es similar. Esta técnica del sifón era ya empleada en los acueductos romanos, cuando el tramo a salvar era demasiado largo para construir un puente de arcos.

Por detrás del acueducto, justo antes de la fuente, hay un azud que encauza el agua para una acequia que va a un nivel mucho más bajo que el acueducto.


La fuente, con muy poco caudal, tiene una cerámica tipo tradicional, formando un bonito rincón.

domingo, 15 de marzo de 2009

El Castillo de Chirel

De los muchos castillos que hay por tierras valencianas, la mayor parte muy arruinados por los devenires de la historia, algunos se han conservado más enteros. En el caso del Castillo de Chirel, tal vez por su aislamiento y alejamiento de los centros de poder y de los conflictos de los últimos siglos, el grado de conservación resulta especialmente bueno (sin que uno deba esperar nada parecido a, por ejemplo, el castillo de Peñíscola).


Situado en tierras de Cortés de Pallás, donde los últimos conflictos importantes son los habidos con los moríscos, hace ya 400 años, el castillo de Chirel se levanta en un elevado cantil sobre el cauce del río Jucar. El acceso, que hace años era complicado, resulta ahora muy cómodo y fácil (tal vez demasiado). En la carretera que desde Bunyol lleva a Cortés, unos 5 km antes de llegar sale a la derecha una pista asfaltada que indica el acceso al castillo. Unos cuantos desvíos después (casi todos señalizados) y nada más acabar el camino asfaltado, encontramos un pequeño aparcamiento donde dejar el vehículo. Desde allí una subida (al principio dura, despues ya más suave) nos lleva al castillo.

Las vistas que se van descubriendo al ganar altura son buenas, pero quedan eclipsadas al llegar a lo alto del collado que da paso al castillo, al asomarnos al cañón del río Jucar, hoy convertido en un lago por la construcción del embalse de Cortes. Vértigo es una buena descripción de lo que se siente al asomarse al profundo cañón.


Una última rampa camino al castillo y entramos por la puerta del primer recinto amurallado. Un giro de 180 grados nos conduce a la segunda puerta y despues al interior de la plaza de armas. La torre del homenaje domina todo el conjunto, inaccesible salvo que seamos capacer de llegar a la puerta que se abre a unos cinco metros del suelo. El castillo es en parte gótico, y unas ventanas decoradas dan prueba de ello.


Atravesado el recinto, salimos por otra puerta que da a una llanura situada en lo alto del cerro del castillo, colgada en los acantilados de la pared sur del cañón. Unos trabajos de restauración (esperemos que no demasiado agresivos) en el lienzo este de la muralla muestra que existe interés en conservar y recuperar el monumento. Confiemos que no sirva, como tantas otras veces, para dañar lo que el tiempo ha conservado o convertir en cerrado algo que lleva siglos abierto: El monte para el que lo pisa.


Por la zona, muy próxima a la reserva de Cortes, abundan los rebaños de cabras montesas. Relativamente confiadas gracias al respeto que la gente suele tener por esos animales, se pueden obtener imagenes muy bonitas de ellas.


Bocata, y para abajo. En total una excursión corta, no mas de tres horas contando el rato que uno pasa arriba disfrutando del paisaje, pero que merece la pena.