martes, 9 de agosto de 2016

Aljibes y tumbas

El tema de las cavidades artificiales ya ha sido tratado aquí en alguna que otra ocasión, pero es un mundo tan amplio en tipología y en distribución geográfica que vuelvo a hora sobre el. Y lo hago a cuenta de un viaje a Israel, en el que además de muchas otras cosas de interés, a uno se le iba la vista hacia esas huecos tallados en la roca que por aquellas viejas tierras son muy frecuentes.

Voy a hablar de tres lugares: Tel Arad (en el sur, cerca de Be'er Sheva), Masada (junto al mar Muerto) y, cómo no, Jerusalén. Quede claro que no era un viaje de estudio de este tipo de estructuras, y que el objetivo de estas notas es sólo dar a conocer estos elementos del patrimonio un tanto escondidos (aunque no todos) y no muy valorados (al menos algunos).

Arad es una ciudad moderna en el centro-sur de Israel, y en sus proximidades se halla Tel Arad. El término "Tel" hace referencia en el próximo oriente a un tipo de colina, en parte artificial, que ha surgido por la superposición de ciudades, ruina sobre ruina, durante siglos y a veces milenios. En el caso de Tel Arad no parece que haya un gran numero de ciudades superpuestas, como ocurre en otros lugares, y los niveles principales corresponden a una ciudad cananita del tercer milenio aC (aprox. 2600 aC) y una fortaleza israelita de los siglos IX al VI aC. Parece que entre ambas ocupaciones hubo un periodo de abandono de 1500 años. Este tipo de cifras a veces son difíciles de valorar, pero para ello ayuda el pensar que sería lo mismo que si ahora volviéramos a ocupar una ciudad que se abandonó en el año 500, por los años de la caída de Roma. Ahí es ná!!. Después de eso hubo allí varias fortalezas persas y luego árabes, hasta el abandono definitivo alrededor del año 800 dC.


En Tel Arad hay varios aljibes. La zona está en el desierto del Negev y nunca ha sido muy abundante en agua, así que allí, igual que en este otro lado del Mediterráneo la solución era recoger agua cuando tenía a bien llover, evitando que se perdiera por esos campos de Dios. El principal aljibe de la fortaleza es doble, con dos depósitos separados por un muro de roca madre. Uno de sus senos estaba relacionado con el templo situado arriba, al que surtía de agua a través de un pozo. Además de la alimentación por las lluvias en las explanadas superiores, parece que otro canal subterráneo (al menos en parte) permitía llenar el aljibe con agua traída por recuas de animales desde un pozo situado al pie de la colina.


Los aljibes, excavados en roca caliza con una cierta carga de arena, estuvieron recubiertos de mortero para impermeabilizarlos. Hoy en día una escalera metálica permite descender a su interior, aunque en una lateral se ven restos del acceso original tallados también en la roca y con algo de mampostería. Las dimensiones son considerables, tal vez de unos 8 metros de largo por 4 de ancho el queda enfrente según se baja, y el otro algo mayor (10 x 5 metros). En ambos la profundidad del agua podía llegar a más de tres metros, en total una reserva nada desdeñable más de 200.000 litros de agua.


En el segundo depósito del aljibe se aprecian tanto la boca del antiguo pozo que comunicaba con el templo, como el canal por el que llegaba ese suministro adicional de agua que antes mencionaba.


En los restos del asentamiento cananita de la parte baja del Tel Arad, hay un enorme pozo, de más de viente metros de profundidad, de sección circular con unos seis metros de diámetro. La parte de arriba está construida con sillares, pero a unos siete metros de profundidad empieza a estar excavado en la roca madre. Parece que lo que comenzó siendo un aljibe terminó siendo un pozo que alcanzaba el nivel freático. Considerando la época, es una obra impresionante.

Hacia el NE de Tel Arad, metida en la depresión del mar Muerto, se encuentra Masada, fortaleza-palacio construida por Herodes el Grande, y testigo de la resistencia de los zelotes en su rebelión contra Roma. La fortaleza está sobre un cerro aislado, rodeado de acantilados, que se levanta frente a la orilla del mar Muerto. Como el nivel del mar está a -410 metros (si, menos cuatrocientos diez, o sea, 410 metros bajo el nivel del Mediterráneo), aunque el cerro es imponente su cima se sitúa a unos 40 m sobre el nivel del mar (Mediterráneo). La subida se puede hacer andando por un sendero que zigzaguea por la cara Este, frente al mar Muerto, o (¡ah, el progreso!) en un teleférico que nos coloca casi en la cima.



Como aquello es pleno desierto, el agua es un tesoro que había que conservar. En consecuencia, numerosos aljibes y un sistema de colectores procuraban que el agua de las escasas lluvias quedara recogida para uso de la fortaleza.


Hay aljibes en la parte alta, que forma una meseta un poco inclinada hacia el Oeste. Hay aljibes también en las laderas, pues el sistema de canales colectores las recorre y conduce el agua hacia esos depósitos. La siguiente imagen es uno de esos depósitos, y en llave vemos un pilar que tiene unos 3,5 metros de alto, lo cual da una idea del su dimensión. La siguiente imagen es del canal de alimentación de ese mismo aljibe, canal que como se aprecia estaba también tallado en el mismo acantilado.



Hay además aljibes de uso ritual, para los baños prescritos por la religión judaica. Estos deben tener unas dimensiones y una forma específicas, y se da la circunstancia de que ese estándar no ha cambiado desde los tiempos de la construcción (siglo I-II aC) hasta la actualidad, lo cual ha facilitado reconocer cuáles de los aljibes son de almacenamiento y cuáles son para los baños rituales.


A la hora de hablar de Jerusalén son tantos los lugares a comentar, tantos de ellos vinculados a cualquiera de las tres grandes religiones, y tantos que tienen que ver con el medio subterráneo, que sería un no acabar. Así pues unas pinceladas bastarán, o mejor dicho tendrán que bastar.

Como ejemplo de lugar sagrado, en este caso para el cristianismo, vinculado al mundo subterráneo, tenemos como ejemplo preclaro (aunque no único) a la Basílica del Santo Sepulcro. Se erige en el lugar en el que, según la tradición, estaba la tumba de Jesús, y esa tumba era era una cueva artificial. El enterramiento en cuevas artificiales estaba muy extendido en el mundo mediterráneo desde milenios antes de la época de Cristo, y encontramos ejemplos de ello desde la misma Jerusalén, pasando por la islas Baleares (ver otro artículo en este mismo blog), hasta la Comunidad Valenciana. De la cueva que conformaba la tumba no queda nada visible (aunque uno se pregunta, qué habrá en el subsuelo de esta basílica, antigua de mas de 1700 años), pero en la misma basílica está el acceso a una cueva artificial, parece que un antiguo aljibe, en la que según la tradición Santa Elena (madre del emperador Constantino) descubrió la Vera Cruz, la cruz de la crucifixión de Cristo.

Desde uno de los laterales de la basílica, en una zona más tranquila de la misma, una puertecita poco llamativa da acceso a unas escaleras que descienden un primer tramo de unos 8 metros de desnivel, hasta una capilla. Esta zona ya está prácticamente toda tallada en la roza caliza que forma en antiguo monte del Gólgota, y sus paredes está llenad de pequeñas cruces grabadas en la roca, seguramente resultado de los siglos de peregrinos entrando en la cueva.


En el lado derecho de la capilla, un nuevo tramo de escaleras desciende hasta el antiguo aljibe, completamente excavado en la roca, y en cuyas desnudas paredes sólo quedan unos restos de frescos medievales. Aquí es donde presuntamente Santa Elena encontró la Vera Cruz.


Hay otros lugares ligados al cristianismo en el que las cuevas artificiales son elemento central: la tumba de la Virgen María (lugar de tradición ortodoxa), que es una tumba excavada en la roca del fondo del valle de Kidron, al pie de las murallas de Jerusalén, la cueva del Nacimiento en la Basílica del mismo nombre en Belén (muy cerca de Jerusalén, pero separada por el odioso muro), las cuevas de los pastores, cerca de Belén, o la cárcel de Jesús, en Jerusalén, también de tradición ortodoxa.

He nombrado el valle de Kidron, cuyo nombre bíblico es valle de Josafat, que es el valle que separa Jerusalén del Monte de los Olivos. Este valle es importante para las tres grandes religiones, y en él sitúan varios grandes cementerios judíos (en el monte de los Olivos), musulmán (junto a la muralla de Jerusalén) y cristiano (en la zona del valle). Hasta en la muerte hay separación, aunque, eso si, tienen buena vecindad. En el margen izquierdo de este valle hay varias tumbas monumentales talladas en la roca, que merecen un paseo y una visita. Se trata de la tumba de Absalón, la tumba de Zacarías, la tumba Bnei Hazir y algo mas lejos y no accesible (pero si visible) la tumba de la Hija del Faraón.



Las dos primeras que menciono son en realidad mausoleos, excavados en roca totalmente (la de Zacarías) o parcialmente (la de Absalón) que forman como templos a la entrada de lo que serían las verdadderas tumbas, excavadas también en la roca. Junto a la de Zacarías, en el acantilado se ven una columnas y alguna ventana, que forman parte de la tumba de Bnei Hazir. A la derecha de la de Zacarías, asoman entre los escombros de la ladera unos pilares que forman la entrada a otra tumba, aparentemente no excavada o en todo caso hoy abandonada.



Cuando estuve todo estaba cerrado, y sólo por fuera podía uno hacerse idea de lo que hay. Coloco una foto antigua que he encontrado del interior de la tumba de Absalón.


En la misma zona hay un canal subterráneo que comunica una manantial con la piscina (o depósito) de Siloé, pero yo no puede verlo, a pesar de que me interesaba mucho. Como siempre, quedan esta (y otras muchas cosas cosas) para una siguiente ocasión.





miércoles, 20 de enero de 2016

El pico Espadán

La Comunidad Valenciana es una región, en contra de lo que la gente supone, muy montañosa, salvo la llanura costera y algún llano interior. Lo que no hay son grandes alturas, pues a lo sumo están los 1800 metros del entrañable y majestuoso Peñagolosa y del Cerro Calderón.

No obstante, hay numerosas sierras y picos individuales que son señeros en el paisaje valenciano. Uno de ellos es el Pico Espadán, que paradójicamente no es el más alto (aunque por poco) de la Sierra de Espadán. Está en la provincia de Castellón, cerca de las poblaciones de Almedijar y de Algimia de Almonacid.

La mejor forma de acceder es desde el Collado de la Nevera, entre las dos poblaciones citadas. Desde allí, ya a más de 700 m de altura, sólo  trescientos metros más nos llevarán hasta la cima. La ruta mejor es tomar el camino que sale casi desde el mismo collado por la vertiente sur. Esta pista empieza llaneando y perdiendo algo de altura después.

A los quince o veinte minutos de salir, pasamos bajo la cueva del Estuco, cuya pequeña boca está unos treinta metros sobre el camino. Es esta una cueva formada por un gran salón, con una boca de entrada en rampa, por la que se accede, y otra que es una sima que da sobre el salón (hoy cerrada por una reja).


A partir de aquí, el camino va ganando altura, bordeando por el sur el macizo del pico Espadán, hasta llegar a un collado, en el que tomamos un camino lateral que sube francamente hacia el pico. Llegamos al collado entre el Vértice Geodésico de Espadán y el Pico Espadán y tomamos dirección Este. Ya desde aquí la vista hacia el Sur y el Oeste empieza a ser espectacular. Vemos frente a nosotros el valle del Palancia, después la sierra Calderona, y hacia el interior la Peña Escabia y la Juliana, y las alturas de Barracas y el Toro.


En unos cientos de metros y un último repechón, alcanzamos la cima. Está formada por unas rocas de rodeno (arenisca roja), desde las que nuestra vista sobre la costa es asombrosa, desde que por el norte las alturas de las Agujas de Sta Agueda y el Bartolo casi cierran nuestra vista (al menos el día que estuvimos por allí). Por el sur, se ve el espejo brillante de la Albufera y más allá el Montgó y las Planas que terminan en el cabo de San Antonio. Impresionante.



Para regresar al collado de la Nevera podemos regresar sobre nuestros pasos, o bien tomar una ruta más directa pasando junto al vértice de Espadán y siguiendo un sendero que baja directamente hacia el collado, salvando en fuertes pendientes el desnivel. Realmente creo que merece la pena hacer la ruta en el sentido aquí indicado, pues esta subida directa desde el collado resulta para mi gusto demasiado brusca.

En conjunto es una excursión para una mañana, que se puede alargar si nos entrenemos en visitar la cueva del Estuco.

domingo, 13 de diciembre de 2015

Los estrechos del Río Ebrón

Hace ya tiempo, "paseando" por Google Earth vi una zona cerca de límite de Teruel con Valencia en la que había una concentración de fotos. Como el lugar estaba en medio del monte supuse que sería algún sitio interesante, me puse a ver fotos, a buscar información... y me enteré de la existencia del río Ebrón y del paraje conocido como los Estrechos.

Desde entonces, cada vez que tenía una oportunidad, valoraba la posibilidad de ir, pero más de dos horas de coche hacen que no siempre se pueda hacer. Hasta que llegó el día.


Tras pasar Castielfabib, último pueblo de la Comunidad Valenciana en el Rincón de Ademuz, salimos a Teruel y llegamos a la localidad de El Cuervo. Nada más entrar ya tenemos una indicación a los Estrechos del río Ebrón. Seguimos la carreterita, que al poco se convierte en pista de tierra, y realmente a partir de la salida del pueblo ya podemos dejar el coche y empezar una agradable caminata, pues el camino va remontando el suave valle del Ebrón. Se puede seguir en coche hasta el final del camino (con permiso de un paso en el que que vadear el río con el coche, hay puente pero sólo peatonal). De todos modos el valle es tan agradable que casi merece la pena echar el par de kilómetros adicionales de este primer tramo.


Cuando acaba la pista practicable para coches, empieza inmediatamente el sendero y una primera desviación, hacia el mirador sobre el cañón. Desde aquí el aspecto del valle cambia completamente. El río empieza a encañonarse y los paisajes son más espectaculares. De cuando en cuando nos encontraremos con pequeños acondicionamientos para los pasos "difíciles", en forma de alguna escalera y barandillas para los más cuidadosos. Sobre nosotros, unos cientos de metros cañón adentro, vemos las barandillas del mirador al que se accedía desde el final de la pista.



Se van alternando zonas encañonadas con otras más abiertas, y así vamos avanzando hasta llegar a lo que supongo son los Estrechos propiamente dichos: las paredes verticales a ambos lados del cauce y el río que ocupa todo el espacio disponible. La progresión requeriría un baño, si no fuera por las pasarelas que se han construido en la margen derecha del río. Tramo bonito, con su punto de emoción para acceder al inicio de una de las pasarelas, que o se les quedó corta o el río estaba alto en esta ocasión.







A la salida nuevo cambio de la estructura del valle, que se abre y nos da unas perspectivas amplias tras los Estrechos anteriores. En este tramo nos encontramos con uno de los acondicionamientos más curiosos: unos escalones metálicos incrustados en la roca para salvar un resalte (de bajada) de unos cuatro metros. A pesar de que parece un poco "aéreo" un cable de acero hace que sea accesible para todo el mundo.



Poco después de este punto, y tras cruzar de nuevo el río ( no se cuanto puentes hay por el camino, pero son unos cuantos), comenzamos a remontar por la margen derecha del valle. Nos encaramamos así a una llanura un tanto sorprendente. Se trata de una enorme terraza fluvial, presente a ambos lados del curso actual de río, testigo de una época en que este valle y este río eran muy diferentes. El Ebrón está ahora encajonado en un estrecho valle re-excavado en la terraza fluvial, tal vez cuarenta metros más abajo del nivel de este fondo plano, fósil podríamos decir, del antiguo valle.



Dejamos el valle, y seguimos subiendo por la ladera para salvar algún barranco lateral, y después deberíamos volver a bajar al cauce para ver el Puente Natural de la Fonseca. A mi llegó el tiempo para alcanzar el punto más alto del camino, y poquito más, pero entre lo lejos que está de casa y lo cortos que son los días en diciembre, mejor dejé ese último empujón para otra ocasión, que la habrá.

Resumiendo, un paseo muy agradable, cómodo y sin dificultades, que quizás se termina haciendo un poco largo en la última parte.


lunes, 23 de noviembre de 2015

El Castell de Miravet

Últimamente parece que ha tocado ir a visitar algunos castillos por tierras de Castellón, y no muy lejos del Castillo de Xivert del que ya se habló, hemos visitado estos días el castillo de Miravet.


Este castillo está situado entre Oropesa y Cabanes, en el extremo norte del parque natural del Desert de les Palmes. Enriscado encima del Font de Miravet, el acceso al mismo se hace desde otra fuente, la de Perelló. Desde allí se sigue una pista forestal que remonta hasta llegar al collado, donde tomamos dirección norte por la cresta de la loma. Tras alcanzar la cima (de 306 m de altura) vemos frente a nosotros toda la costa en la zona del Prat de Cabanes, otro paraje natural protegido, con Alcocebre al fondo. Si miramos hacia el interior, vemos al lejano Peñagolosa, referencia singular en estas tierras castellonenses, y mirando hacia el sur vemos, siguiendo la misma sierra en la que nos encontramos, las Agujas de Santa Agueda (de las que también se ha hablado aquí).



Unos pasos más adelante vemos ya, un poco más bajo que nosotros, el castillo de Miravet, subido en unos paredones calizos. Para llegar a él hay que descender por una zona rocosa (hay algo parecido a una senda) unos 70 metros de desnivel. Despues rodeamos el castillo por el oeste, hasta que la senda, recuperada de nueva la cresta de la loma, nos permite acceder al interior.


Entramos, como en tantos castillos, por un hueco en la muralla, y lo primero que encontramo, a nuestra derecha, es un gran algibe, cuyo techo se ha perdido pero cuyas paredes aún conservan el enlucido impremeable que caracteriza estas obras.


Frente a él está la antigua puerta de acceso al recinto interior del castillo, con una entrada amurallada en curva para facilitar la defensa. Esta puerta con arco apuntado se conserva en muy buen estado, con los goznes de apoyo de las puertas y el hueco para el cierre por el interior intactos.




Tras ella accedemos a un recinto en cuyo lado norte hay una gran arco que permite también salir al exterior, aunque seguramente su función original no fuera esa. Sobre este recinto, los restos de la torre del homenaje, agrietada en su parte alta y amenazando desplomarse cualquier día, pero conservando un par de ventanas cuadradas.




Una pequeña trepa (o un hueco en la muralla, junto al cortado) nos permiten acceder al recinto más interior, de reducidas dimensiones y que incluye la mencionada torre.

El conjunto se completa con los restos de la ermita de San Bartolomé, un poco más abajo, y con otros restos dispersos de un recinto amurallado más amplio.


Para regresar hay dos alternativas. La primera es bajar desde el castillo a la carretera Cabanes-Oropesa, que se ve a los pies del cerro, y por ella regresar a la Font del Perelló. La otra es desandar el camino andado, volviendo a subir por la cresta hasta la cota 306 y desde allí bajar al collado para tomar la pista forestal por la que habíamos subido. Pienso que esta es mejor (por más corta) y es la que nosotros tomamos. La subida es de poco más de una hora, asi que es una excursión fácil e interesante.

sábado, 26 de septiembre de 2015

El Abrigo del Tambuc

En un anterior artículo (julio 2015), hablaba de la ruta por el barranco de Tambuc. Durante la ruta vimos, a cierta altura sobre el barranco una boca oscura, en forma de arco que dominaba una de las revueltas del barranco. Me llamó la atención, y además de fotografiarlo me propuse echarle un vistazo, a sabiendas que casi nunca sale nada de interés (espeleológicamente hablando), pero la esperanza es lo último que se pierde.


El acceso, sencillo pero incomodo por la gran cantidad de matorral se hace por el mismo camino que nos lleva a Cueva Dones. Lo seguimos hasta justo antes de empezar a bajar a la cueva. Seguimos entonces por lo alto de la loma, girando lentamente hacia la izquierda, sin bajar hacia el lecho del barranco, por el alto de la loma.

Tomamos dirección NE hasta que nos asomamos sobre la rambla de Tambuc, y seguimos por borde del cortado hacia el N. Toca ahora destrepar unos pequeños cortados escalonados, sin mayor complicación, y girar hacia el E y luego al S asomándonos sobre la rambla del Tambuc. Pegados a la base del cortado que hace un momento recorríamos por arriba, llegamos al objetivo de nuestro pateo: la cueva del Tambuc. Realmente no se cual es su nombre, pero a falta de otro...


La cavidad es un pequeño abrigo, de apenas tres metros de profundidad, con muestras evidentes de haber sido utilizado por pastores en el pasado. Frente a él quedan los restos de una pequeña explanada, artificial y soportada por un bancal medio desmantelado.


Junto a él crece un algarrobo, que ha sido el último obstáculo que hubo que cruzar para llegar al abrigo.


Desde el abrigo se tienen unas vistas muy buenas sobre la rambla del Tambuc. Seguramente son lo mejor del día, a parte de la satisfacción de haber resuelto la incógnita sobre este cavidad.