domingo, 2 de marzo de 2014

El Barranco de la Hoz... y alrededores

Aguas arriba del manantial conocido como el nacimiento del río Tuejar, el valle se prolonga bastantes kilómetros, convirtiéndose en un cañón que se adentra en la serranía, hasta llegar a la zona de Arquela, más abierta, donde ya se desdibuja el valle y el río se convierte en una rambla.


Antes de eso, el valle del río Tuejar atraviesa su último estrecho, donde un pequeña presa previene las avenidas- A ambos lados de la garganta aparecen dos abrigos gemelos, a los que la estratigrafía casi horizontal les ha dado una forma alargada, siguiendo la ladera, y ambos han sido aprovechados como corraliza de ganado.


El del norte (margen derecha orográfica) es de fácil acceso, pues para la construcción de la presa se ensanchó el camino que a él lleva. En cambio, el del lado sur del estrecho es de difícil acceso, pues el abandono ha hecho que la senda que sin duda hubo de llevar a él se haya perdido.


Unos pocos cientos de metros aguas arriba de la presita, llega por la margen izquierda el Barranco de la Hoz, bien conocido por los barranquistas pues tiene un descenso interesante. Desde abajo se puede acceder sólo hasta el primer resalto, pero merece la pena.


El barranco comienza siendo muy ancho, pero pronto vemos por delante las dos paredes del cañón por el que discurre el cauce. El lecho de roca desnuda y erosionada, con surcos de erosión de más de un metro de hondo, nos habla de las fuertes avenidas que sin duda protagoniza el barranco.

Justo cuando comienza el cañón, un inconfundible bloque de roca situado en el centro del cauce y en el que crece un pino solitario, parece marcar el inicio de este espectacular barranco (o su final, todo es según se mire). El contraste entre el suelo perfectamente plano del barranco y las paredes verticales le dan un aspecto un tanto irreal.


Según avanzamos, un primer escalón nos obliga a una pequeña trepa, tras la cual el barranco recupera su forma de fondo plano y pareces verticales. En la de la derecha numerosas vías de escalada suben por encima de un abrigo de techo bajo que sirve como sombreada zona de descanso. Algún escalador aburrido ha dibujado en la pared una especie de pinturas rupestres con arcilla, donde hay escenas de caza de... elefantes!!.



Poco más arriba el barranco, que llevaba dirección SE gira hacia el Este y forma un especie de circo que corta nuestro paso. Una cascada, habitualmente seca. recae en una marmita de unos tres metros de honda, autentica trampa para despistados.


Unos peldaños de hierro anclados en la pared permitirían continuar... si no empezaran a dos metros de alto. Seguramente están pensado para facilitar el descenso, no el ascenso. Aguas arriba, comienza la parte estrecha del barranco, que queda pendiente para la próxima.




miércoles, 22 de enero de 2014

La cascada de Santa Rita

Salento es una localidad de Colombia situada en las faldas de la cordillera de los Andes, al pie del parque de los Nevados. En los últimos años se ha convertido en un sitio turístico, y recibe muchos visitantes. Muchos se quedan en la población, recorren sus tiendas de artesanías, disfrutan de sus restaurantes (truchas con patacón, mmm...) y se asoman al mirador sobre el valle de Cocora. Y adios, hasta la próxima.

Sin embargo el lugar ofrece mucho más, y también hay otros visitantes que se aventuran a recorrer los parajes naturales de la zona, o incluso usan este valle de Cocora como vía para el ascenso hacia los Nevados, a más de 5000 metros de altura (Salento está ya a unos dos mil metros, pero queda mucha tela hasta las cumbres).


Voy a comentar aquí la visita a la Cascada de Santa Rita, que se forma en un afluente del río Quindío, que es el que recorre el valle de Cocora. La cascada se haya pues en un valle lateral, y desde el lugar de Boquía se accede a por un recorrido agradable, cómodo y muy atractivo.

La carretera que nos trae desde Pereira o desde Armenia desciende para cruzar el río Quindío por un puente metálico, y justo antes de cruzar sale a la izquierda un camino ancho que debemos tomar. En este punto hay algún restaurante y un camping (Monteroca) con lo cual el tema logístico-gastronómico queda fácil de resolver.


Siguiendo el camino deberemos seguir las indicaciones, que nos llevan remontando el valle del Quindío, por su margen derecha hidrográfica. Por el camino dejamos a nuestra izquierda algún cultivo de café, tan característico de estas tierras. Llegaremos a la entrada de hacienda Santa Rita, y hemos de cruzar la puerta y entrar. Tras recorrer el camino que atraviesa los prados donde el ganado pasta, llegamos a la casa, de típico estilo cafetero.


Allí hemos de abonar un 'peaje' puesto que se trata de una propiedad particular. Son dos mil pesos (algo menos de un euro), y tenemos la posibilidad de tomar un café (¡dónde mejor que en esta tierra cafetera!) y refrescar un poco. Por cierto, el café esta hecho con aguapanela (un producto de la caña de azúcar), con lo cual ya no necesita azúcar, y además tiene un sabor muy especial.

Por detrás de la casa el camino continua, adentrándose en un valle lateral y ganando algo de altura, con lo cual las vista que vamos teniendo de la hacienda y el valle se van haciendo bien interesantes. Subimos un poco hasta alcanzar el nivel de una antigua vía de tren, siguiendo a tramos por el trazado de la misma.
Éste está muy perdido, invadido por el bosque, desaparecido a tramos, pero básicamente es la ruta que seguimos. realmente está tan desaparecido que tengo dudas de que llegara estar terminado y a funcionar alguna vez.

El paisaje va cambiando, y los prados van dando paso al bosque húmedo, frondoso e impenetrable. Alcanzamos la entrada de un túnel que hemos de atravesar. A su salida, el bosque y los desprendimientos hacen que parezca más una cueva natural que una obra de ingeniería. Por el lado izquierdo esquivamos la gran cantidad de fango que hay todo el túnel.


Unos cientos de metros más adelante, hemos de descender al lecho del río cuyo valle venimos remontando y cruzar a otro lado por un puente hecho de un par de troncos. Estamos ya muy cerca, pero a partir de aquí el cambio es total. El camino parece ser engullido por la vegetación y nos metemos en pleno bosque húmedo tropical.


El ruido de la cascada se va haciendo más evidente, y justo cuando empezamos a vislumbrarla, el camino se bifurca. Si se sigue recto tenemos una visión frontal de la cascada, pero cuidado con los resbalones. A la izquierda un puente colgante un tanto básico nos acerca al pie de la caída de agua.


La cascada tendrá unos quince metros de alto, y su buen caudal hace que resulte muy estética. A sus pies una poza permite (a los que no teman el agua fría) un baño. La estampa que forma la caída de agua, rodeada de la selva, desde luego merece la pena el paseo, que por otro lado por si sólo ya es interesante.



El regreso se puede hacer por el mismo camino, o bien cruzar otro túnel más bajo (que está en el llano frente al puente de troncos) y seguir una trocha que nos lleva de nuevo al mismo trazado de ferrocarril que a la venida. Esta segunda opción está sensiblemente más enfangada, así que nosotros optamos por desandar el camino andado y dirigirnos a por otro café con aguapanela en la finca.





lunes, 16 de septiembre de 2013

Les Agulles de Sta Agueda

Las Agujas de Sta Agueda, en Benicasim, son unas cimas escarpadas, no muy altas (alrededor de los 500 m), características por su color rojizo, debido a que están formadas por rodenos, una arenisca roja muy frecuente por estas tierras mediterráneas.

La estratigrafía muy inclinada (a ojo unos 60 o 70 grados) les da una configuración muy especial: la vertiente que mira al mar tiene la inclinación de los estratos, y aunque no es así, podríamos visualizarla como un estrato. En cambio la otra vertiente tiene un aspecto escalonado, según se van superando los estratos.


La subida arranca del camino asfaltado que sale de lo alto de la carretera que va de Benicasim al Desierto de las Palmas. A poco más de 200 metros arranca una senda señalizada hacia Benicasim, a veinte metros de su inicio sale a la izquierda una senda que sube hala la cima meridional de las Agujas. La senda sube por la vertiente oeste del monte, la opuesta al mar, con lo cual el ascenso por la mañana se realiza a la sombra, cosa que en verano se agradece.

El camino no tiene pérdida, se trata simplemente de subir, siguiendo la senda y haciendo caso a los pequeños hitos donde la misma se pierde entre las rocas. Tras un tramo de subida se alcanza un primer cerro y un colladito desde el que comienza ya la ascensión a la cumbre. La pendiente se va haciendo cada vez más fuerte, hasta que más que caminar lo que se hace es trepar. En esa zona lo hitos son la única guía para no perder la trocha. Se llega a una laja de roca lisa donde una cuerda fija facilita el paso.




Poco más arriba parece que el camino termina, pero una nueva trepa nos lleva a la base de una diaclasa de algo menos de un metro de ancho, cuyo ascenso nos hace pasar a la vertiente marina del monte. La diaclasa baja por la ladera, pero una cornisa en la parte derecha nos permite salir a unas lajas que nos llevan a la cumbre.






La vista espectacular sobre la Plana de Castellón, el Golfo de Valencia y hasta las Islas Columbretes. El esfuerzo ha merecido la pena.


La subida es fuerte pero corta, y la bajada los mismo, pero resulta casi más pesada. Además en el descenso es más fácil despistar la buena senda, lo cual tampoco es grave: todas llevan hacia abajo y hacia la carretera dónde dejamos el coche.





jueves, 29 de agosto de 2013

La Cueva de las Ventanas

Aunque tenga el nombre de cueva, en realidad la cavidad protagonista de estas notas es un abrigo. Su nombre le viene dado por su estructura, como ahora se verá.

La cavidad se encuentra situada en el valle del río Ludey, afluente del  Cazuma o Cazunta, en el término de Bicorp, a unos dos km. de la confluencia de ambos. El río forma en este tramo un pequeño cañón, cuya margen derecha es un acantilado de entre 6 y veinte metros de altura, y la izquierda una escarpada pendiente, que a tramos también se convierte en acantilado. 


El agua discurre formando una sucesión de pequeñas pozas. Es una corriente de carácter permanente (incluso en los meses de estiaje, el río está activo). Un sendero de pequeño recorrido, balizado en amarillo y blanco, discurre por el mismo cauce, pasando bajo la boca de la Cueva de las Ventanas.


El acceso a la cueva se realiza sobrepasándola unos metros y remontando a través de la espesa vegetación unos metros, por una vaguada casi paralela al río.


El conjunto de esta cueva, es un abrigo con dos grandes bocas opuestas, (sobre el río Ludey) orientadas aproximadamente a norte una de ellas, que cae a un cortado  y la otra al  sur, dando a una pequeña vaguada que baja hacia el río. Ambas bocas están separadas por poco más de 5 metros.



La cavidad está dividida por dos pilares naturales que forman a modo de tres ventanas, lo cual sin duda está en el origen del nombre de la cueva.


Por el lado del río, la cueva da a un cortado de unos ocho metros, que la convierte en una especie de balcón sobre el cauce. Tanto por esta parte  como por la otra, un muro de cierre de mampostería irregular denota su antiguo uso como corraliza. Sin embargo debe hacer tiempo que se abandonó ese tipo de utilización, pues los pocos restos de excrementos que hay son más debidos animales silvestres que ocasionalmente acceden al abrigo que a la presencia regular de ganado.


Los techos oscilan entre los más de dos metros de altura en la ‘ventanas’ laterales y los 0.80 metros en la ‘ventana’ central.


Por el lado del río, el suelo ha sido rellenado para formar una superficie plana y está recubierto con una especie de pavimento formado por una serie de losas de piedra planas.


Y para completar la información que se tenga una mejor idea de cómo es el abrigo, nada mejor que la topografía, en la que la mano de Toni Fornes se nota una vez más.






miércoles, 21 de agosto de 2013

Flamborough Head

La costa éste de Inglaterra se caracteriza en amplias zonas por sus blancos acantilados, formados por estratos de roca sedimentaria, de los cuales los más famosos, pero no los únicos, son los de Dover.



Más al norte, en el cabo conocido como Flamborough Head, nuevamente son blancos esos acantilados. La punta de Flamborough está en la costa de Yorkshire, al sur de Scarborough y Filey. En ella el mar del Norte demuestra su fuerza excavando una costa recortada, llena de entrantes, ensenadas y cuevas, y poblada por miles de bulliciosas gaviotas.

El faro situado en esta punta sirve de advertencia a los navegantes de los peligros de la costa, aunque hoy en día ya no sea el medio principal por el que los buques se orientan.


Como por una casualidad, justo al lado del faro, me encontré con un fenómeno parecido al tratado en el post anterior: una cueva de costa, que hace que se forme una especie de playa interior, al entrar el mar a través de ella. Esta es poco accesible y menos grata que la de Gulpiyuri, pero en todo caso resulta bien interesante, al menos para los amantes de la naturaleza.




La foto que se adjunta del interior de la cueva es de Keith Bentham, y procede de Google Earth, pues por limitaciones de tiempo no pudimos bajar, aunque desde arriba se apreciaba la claridad que anunciaba la otra boca, no visible, de la cueva. Esta foto está tomada desde el lado del mar, y el resto de vistas son desde el lado de tierra.


Un poco más al sur en fenómeno se ha repetido, pero el avance de la erosión ha llegado a desmantelar por completo la costa, quedando a penas un arco natural como testigo de la antigua cueva.


En esta zona las gaviotas son muy abundantes, habiendo establecido sus nidos en las pequeñas repisas que los estratos horizontales forman en el acantilado. En las fotos se aprecia lo exiguo de sus refugios y la cantidad de ellos que hay.


Un poco más al norte, en Thornwick Bay, hay otra zona de costa con abundantes cuevas, parcialmente accesibles en marea baja, y con mar calmado. En todo caso, cuidado... ¡esto es el mar del Norte!, y hay que ir equipado para poder soportar sus cálidas aguas.





martes, 6 de agosto de 2013

La playa de Gulpiyuri

Cerca del límite entre Asturias y Cantabria, en la localidad de Nave, junto a Llanes, existe una playa que pertenece a un tipo un tanto especial: las playas de interior. Y a pesar del nombre no tiene nada que ver con las playas fluviales, situadas a la orilla de ríos o embalses, en lugares donde, como dice la canción, el mar no se puede concebir.


Se trata de un fenómeno curioso e interesante, relacionado con la espeleo y con los fenómenos kársticos. En las zonas calizas el agua disuelve el terreno y en ocasiones se forman cuencas cerradas denominadas 'dolina' (palabra en serbio que significa simplemente 'valle'). Estas dolinas son formas de absorción, es decir por ellas sume el agua de lluvia encaminándose hacia conductos subterráneos, en ocasiones visitables en forma de cuevas y simas. Cuando una de estas dolinas está muy cerca del mar, puede ocurrir que éste penetre a través de esos conductos que un tiempo fueron de salida de aguas de lluvia, e inunde el fondo de la dolina.


Eso es exactamente la playa de Gulpiyuri: una dolina separada del mar por un morro calizo, atravesado por una cueva por la que el mar alimenta una playa aislada en medio de los prados. Cuando la marea está baja, es casi todo arena lo que se ve, y en el fondo, entre rocas el mar llega en cada ola rezumando espuma a través del cueva de comunicación. En marea alta, la playa luce en todo su esplendor, y la galería de comunicación prácticamente desaparece bajo el agua.


Pienso que la cueva de comunicación no está explorada, ni siquiera creo que sea una buena idea hacerlo, pues la roca, muy abrasiva por efecto de la erosión y el movimiento de las olas lo harían extremadamente peligroso. Si se recorre por superficie el morro calizo que separa la playa de la línea de costa, varios pozos (como el de la siguiente imagen), por alguno de los cuales se ve circular el agua unos 15 metros más abajo, son testigos de esa comunicación. Justo en el acantilado se aprecia la fractura que seguramente sirve de base a las galerías de comunicación.



lunes, 20 de mayo de 2013

El abrigo del Mangranero

Los paréntesis, si de verdad lo son, tienen una cosa buena: que se cierran. Esperemos que con este post se cierre un paréntesis de inactividad que ha durado más de lo que es sano y conveniente.

En el mundo de la espéleo los abrigos son como el pariente pobre:  casi nadie los mira ni se acuerda de ellos, a veces se les ignora deliberadamente, se les ningunea ... y sin embargo están ahí, esperando que alguien les de un poco de atención, y ojalá que cariño. Está claro que como cavidades no tienen grandes valores que aportar, pero su naturaleza hace que tengan un par de características que los reivindican: con frecuencia están en parajes de interés y belleza y además muchos han sido utilizados por el hombre a lo largo de la historia (y a veces de la prehistoria).

Todo este rollo es para venir a decir que voy a hablar de un par de abrigos de la zona de Chelva y Calles, en la comarca de Los Serranos (Valencia). 

El primero está sobre la carretera que va desde Valencia hacia el Rincón de Ademuz, poco después de Chelva y tras sobrepasar el acueducto recientemente reconstruido (que ha quedado tan "bien" reconstruido que perece nuevo de trinqui, más que una obra medieval). Unos metros sobre el farallón que forma el margen derecho de la carretera, se abre un gran abrigo, cerrado en parte por un muro de mampostería.


En la estratigrafía horizontal de este punto (algo más abajo hay un hermoso pliegue) unos estratos de material más débil han sido erosionados formando, en una barrancada, la cornisa que sirve de techo al abrigo. El muro de cierre tiene una primer hilada de bloques grandes, alguno tal vez un poco trabajado, y el resto, hasta un par de metros de altura es de piedras irregulares a seco.


Sólo en la antigua entrada se aprecian restos de enlucido de yeso. Por ella se accede a una zona amplia bajo la cornisa, en la que se ha acumulado tierra resultando en que por dentro el muro parece unos 60 cm más bajo. Algunos restos de yeso hacen pensar que hubo algún tipo de techumbre, al menos en los dos extremos del abrigo, donde el espacio a cubrir era menor.

Ningún resto, salvo alguna madera a modo de percha el el muro o en la propia roca, nos habla de ocupaciones recientes del abrigo, cuyo nombre por cierto nos es desconocido (no figura en los catálogos de espéleo... ¡pobres abrigos!). Aquí esta la topo del abrigo, le hemos llamado Abrigo del Collado de Espés, por su proximidad al mismo.



El segundo abrigo si que tiene nombre, es el abrigo del Mangranero. Se encuentra en Calles, unos cientos de metros por debajo de la Cueva Santa de esta misma localidad. Es un tipo de abrigo más complejo que el anterior, pues tiene una parte de abrigo bajo cornisa y otra parte que es una cueva poco profunda, formado todo el conjunto por la erosión de las aguas de una pequeña barrancada.

El acceso al abrigo se realiza descendiendo un cortado que hay frente a las ruinas de la Casa de Farfalla. El único punto por el que se puede descender el cortado sin usar cuerdas, está marcado por un hito de pastores. Desde él, una angosta e irregular cornisa nos permite descender en ángulo hacia el abrigo, que pronto es visible (desde arriba del cortado ni se intuye que está allí).




El acceso al conjunto del Abrigo del Mangranero se hace a través de antigua puerta del recinto. A la izquierda una cámara bien conservada y algunos pilares (de pié y caídos) hacen pensar que la edificación debió de ser de alguna amplitud, aunque ahora apenas queda nada.


Salvando los restos del muro, entre una higuera y un granado (el nombre la cueva corresponde a este árbol: mangranero = granado), llegamos a la cavidad. De una profundidad de unos veinte metros, es una galería de techo abovedado de unos 4 a 5 metros de altura, cuyo suelo va ascendiendo hasta contactar con el techo, y apenas una gatera impracticable prolonga un poco la cavidad. También la cueva estaba cerrada por un muro en el que una puerta, distinta a la zona por la que hemos entrado nos asoma al valle.


Aquí está la topo del abrigo del Mangranero. El amigo Toni Fornes cada vez más artista.


El río Turia, encañonado entre farallones unos doscientos metros más abajo, proporciona una vista de lo más agradable. La pista desde la que accedimos a este abrigo sigue hasta el fondo del valle, cruzando por un puente la salida de uno de los cañones del Turia y llevándonos a una zona de recreo donde podemos completar el día comiendo junto al río.