domingo, 20 de febrero de 2011

La Gruta de Fingal

Hace unos mil o dos mil años, cuando era pequeño y coleccionaba cromos, tenía uno que me llamó la atención. Era la boca de una gran cueva, en la que entraba el mar, y cuyas paredes eran como unas grandes columnas que le daban un poco de aspecto de templo o algo así. Era la Gruta de Fingal y estaba en un remoto lugar llamado Escocia.


Al final la vida (que da muchas vueltas) me permitió ir a ese 'lejano' país y en mi cabeza rondaba la idea de ir a Fingal. Sin mucha confianza en lograrlo eché un vistazo a los folletos y ¡vaya!, allí estaba la cueva de marras como un de los atractivos de la costa oeste de Escocia.


Esquivando las destilerías de whisky que abundan por la zona, y que son una tentación casi tan fuerte como el mundo subterráneo, conseguí llegar hasta Oban, pequeño puerto metido en uno de los 'fiordos' que forman esa recortada costa. Desde allí sólo quedaba tomar un barquito de los que van a la isla de Staffa, que es donde está la Gruta de Fingal.


La isla de Staffa es casi lo que lo que su nombre indica, al menos como isla, pues es poco más que un gran espolón rocoso que emerge del mar. Su atractivo son los acantilados, formados por unas espectaculares columnatas de basalto, y la cueva en cuestión. Eso hace que el barquito sea un tour turístico, y el viaje parezca una excursión, mitad Inserso, mitad colegio. Nada es perfecto.


La Gruta de Fingal es y no es una cueva volcánica. Me explico: Lo es porque se abre en material volcánico (las coladas de basalto); no lo es porque su origen no tiene que ver con el vulcanismo, sino con la acción erosiva del mar. En este sentido es como tantas de las cuevas que se abren en todos los acantilados del mundo, pero aquí el basalto, con sus enormes columnas, le da un aspecto distintivo y único.



La cueva tendrá unos cincuenta metros de longitud, y en toda ella las columnas de basalto forman unas terrazas por las que podemos profundizar bastante en la cavidad sin complicaciones. Después se puede subir a la parte alta de la isla, que resulta ser un prado ondulado, batido por un viento que tiene toda la pinta de no parar nunca. Un paisaje también digno complemento de la visita. El lugar es tan mágico que incluso sirvió de inspiración al músico escocés Mendelssohn para crear una obertura titulada "la Gruta de Fingal" y a Julio Verne, que la usó como escenario de uno de los pasajes de su novela "el Rayo Verde".

Sir Water Scott, el novelista romántico escocés autor de Ivanhoe y Rob Roy, escribió sobre esta cueva "...Cliffs of darkness, caves of wonder, echoing the Atlantic's thunder...." (...acantilados de oscuridad, cuevas de maravillas, ecos del trueno del Atlántico...). Hasta como lugar de apariciones de fantasmas se ha considerado la cueva, como se ve en la siguiente imagen.



Vistada la cueva y satisfecha esa curiosidad de tantos años, era hora de caer en la otra tentación (las destilerías), y eso tampoco desilusiona. Pero, como diría Kipling, esa es otra historia.

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